El escribiente

Iniciada la década de los setenta del pasado siglo, todavía existía en la denominada “España Interior” – y creo que, también en buena parte de la “exterior” -, un elevado índice de analfabetismo. Sobre todo, en zonas agrícolas y ganaderas y en las personas mayores y de mediana edad (niños de la guerra y la posguerra)
El oficio de escribiente callejero, o por encargo, se convirtió así, en un referente necesario para gran parte de aquella población que le tocó sufrir miseria y abandono en sus años de niñez o juventud. Esta figura, abarcaba más funciones que las propias del recado de escribir. Primero, era lector, obligado a comunicarle a su clientela qué decía aquel telegrama o carta del hijo o del marido que hubo de marcharse, de un aviso del ayuntamiento, sobre la cuantía y origen de un recibo,…
A continuación, y solo cuando se tenía la humanidad y el talante necesarios, pasaban a ser asesores o consejeros, respondiendo a preguntas del tipo: Y… ¿Qué tengo que hacer ahora? Usted ¿qué haría? ¿Qué le digo? ¿Qué tengo que llevar? ¿A dónde tengo que ir?…
Y, por último, escribiente, para dar respuesta a la carta o solicitud para la que se habían requerido sus servicios. En mi opinión, y desgraciadamente, era un servicio hermoso y de primera necesidad, más allá de romanticismo o nostalgias indeseadas. Soy el primero en alegrarme de la desaparición de esta figura por innecesaria en los tiempos que corren.

         – Hola, don Mateo

– Hombre “madrileño”, ya llegó el verano. ¿Qué tal ha ido el curso?

         – Bien, he aprobado todo.

     – Me alegro, pero no olvides que, solo, has cumplido con tu obligación y no ha de esperarse más premio que ese, el de cumplir como un hombre.

Don Mateo me miraba con sus pequeños y expresivos ojos detrás de sus gafas de culo de vaso y con su gesto, serio, afable y sin concesiones.

Mi madre y yo, habíamos llegado a pasar el verano en su pueblo la tarde anterior. Las Torres de Argumosa era un poblachón manchego, horizontal, blanco de cal y con zócalos pintados de añil, de origen agrícola, pero que creció mucho en la década de los sesenta.

Aprovechando que Torres, como abreviaban los lugareños, era cabeza de partido, en su Calle Mayor habían proliferado comercios. Arrancaba de la plaza del Ayuntamiento y desde ella prolongaba sus soportales que se extendían a lo largo de un buen tramo. Era el paseo habitual y, además de los juzgados, allí se encontraban los mejores cafés, un par de sucursales bancarias, Correos, zapaterías, mercerías, tienda de telas y ropa de cama y mesa,… Todo contribuía a que siempre estuviera concurrida. En días laborables, también podía encontrarse a mucha gente que llegaba desde distintos pueblos de la comarca, para comprar ropa, herramientas, o alguna otra mercancía que no podían adquirir en sus localidades. Además, aquí se venía de médicos, de papeleo, a cerrar tratos o arrendamientos, vender al por menor tomates, melones y sandías, albarillos, pepinos, patatas,… y a mil cosas más que eran de necesidad.

Todos los días, menos los domingos y fiestas de guardar, a las siete y media de la mañana, don Mateo atravesaba la plaza y bajo los soportales, siempre en el mismo sitio, estratégico, conocido y respetado por todos los lugareños; desplegaba su mesa de tijera y su silla a juego y colocaba sobre ella su “Olivetti – lettera 10”, aquella máquina pequeña, tan práctica y demandada por las señoritas que acudían a las academias de taquimecanografía, con su funda de cremallera, ligera y fácil de llevar. Al lado derecho, colocaba el mazo de folios y sobres de distintos tamaños, y a su izquierda, la caja de papel carbón para copias.

Y, a las ocho en punto, ya estaba instalado en su puesto mi amigo el escribiente, listo para dar respuesta a las demandas de cada día. Don Mateo no era de sonrisa fácil, pero sí especialmente empático para saber escuchar y ganarse el afecto y el respeto de sus vecinos. Decían que había sido maestro republicano, a la sazón, una de las conjunciones más peligrosas y subversivas posibles. Las malas lenguas afirmaban, también, que, antes de la guerra, ya era escribiente de los que serían los caciques, capitostes y personas pudientes del pueblo, que sabía tantas cosas de sus vidas y haciendas, que ellos mismos se encargaron de esconderle y protegerle durante la contienda. Después, como no podía ser restituido en su plaza, hicieron la vista gorda para que fuera sacando unas perrillas e ir viviendo, como escribiente con la aquiescencia de todos sus paisanos.

Pronto llegarían la madre o la esposa que, apretada en su mano como un tesoro, sujetaba la carta recibida. Don Mateo procedía a su lectura con la entonación y pausa necesarias, para cerciorarse de que la receptora entendía cuanto le leía. Si había buenas noticias, miraba a la mujer de reojo para ver su cara de satisfacción, y si eran peores, la tomaba suavemente por el brazo para ir leyendo, parando y midiendo la reacción de tristeza provocada.

Más tarde, llegaría la muchacha que miraba al suelo para pedirle que le escribiera una poesía bonita para mandársela a su novio al cuartel, un par de tratantes para que les dijera si el trato estaba bien reflejado en el escrito que iban a firmar y para que les corrigiera la ortografía y eso de los puntos y las comas, que no se nos da “mu” bien

Y así iba transcurriendo la mañana, hasta que se acercaban las dos e iban cerrando comercios, bancos, oficinas y el puesto del escribiente. Había conocido a don Mateo, dos veranos antes, y ahora, con once años recién cumplidos, constituyó un verdadero oasis en aquellas mañanas abrasadoras del estío manchego, sin niños para jugar, porque había que echar una mano al padre en el laboreo, o porque no se podía estar en la calle, a pleno sol. Don Mateo me regañaba severamente cuando trataba de leer por encima de su hombro lo que escribía. Pero al ver cómo me interesaba por todo, descubrió que había más sana curiosidad, que indiscreción, y en las pausas entre dos misivas, hablábamos de todo. De este modo, llegamos a hacernos, o así me lo parecía a mí, muy buenos amigos.

Me nombró su Secretario de Verano y también, Escribiente Suplente de Las Torres de Argumosa. Todo ello, gracias a que mi madre era torrera y algo me tocaría a mí. Estos cargos implicaban la posibilidad de acudir cada día al puesto, sin molestar, escuchando atentamente y sin hablar hasta que no se me autorizara a hacerlo; también tenía derecho a echar un traguito del botijo, a distancia o a chorro, como Dios manda, y a cambio de rellenarlo cuando fuera necesario y a ejercer mis ocupaciones favoritas: ayudarle cuando tuviera correcciones, o a escribir borradores de posibles respuestas que se me habrían ocurrido en su lugar y, que a su vez, él me corregía a mí. Y, por último, a ayudarle a llevar a su casa los bártulos del oficio y pasar, siempre con él, a su oficina – despacho, y a corregir, comentar y escribir juntos algunas tardes.

Aquellos privilegios fortalecieron y aumentaron mi pasión por la escritura y me ayudaron a conocer mejor a mi jefe. La injusticia, el abuso o el engaño era lo que más indignaba a don Mateo. Siempre colocaba dos calcos en la máquina para sacar dos copias, una por si se la pedía el interesado y otra para guardársela él, por si había que acordarse, en la próxima, de lo que había quedado escrito. Pero también observé que, en algunas ocasiones, preparaba otra carta o documento para enviar por su cuenta a los desaprensivos y hacerles saber que su paisano no estaba solo y que, si no reparaban el engaño, iba a denunciarles a la Guardia Civil, o para comunicar al soldadito, que iba a enviar un parte a su capitán para que supieran su comportamiento de crápula fuera del cuartel y chupar arresto en los próximos fines de semana. Para evitarlo, solo tenía un camino, decirle la verdad a su novia y pedirle perdón, si procedía y quería seguir con ella. Él mismo se ofrecía como mediador o coautor del documento de rectificación. Normalmente, esto solía ser suficiente para dejar solucionada la afrenta.

Sus tarifas variaban del “ya me lo pagarás” de las personas más apuradas, hasta el “esto es mu caro”  de los contratos de arrendamiento de los señoritos o los acuerdos de negocios sustanciosos de los pudientes.

Con el paso del tiempo, don Mateo había acumulado montones de cajas, carpetas y archivos de todos sus escritos que, junto a su bien surtida biblioteca, constituían para mí un inmenso tesoro, una enorme y variada colección de historias con acontecimientos amores, penas, sucesos, alegrías y emociones sin fin.

Almagro - dibu

Esto, – me decía señalando sus archivos personales -, es la mejor materia prima para escribir relatos, cambiar finales o imaginarse cosas diferentes a las que les pasa a la gente. En cuanto me retire, voy a escribir una gran novela jugando con este material.

 Por entonces, yo era demasiado joven para entender que, si lo había ido posponiendo durante tantos años, probablemente, su novela no llegaría a ver la luz, y cuando le escuchaba, sentía una mezcla de envidia y admiración, ante aquel hombre que tenía la llave de la inspiración, del cofre de las ideas y personajes necesarios para ponerse a escribir cuando quisiera ¡Con lo que a mí me costaba empezar!

*              *            *

A finales de agosto, después de ferias, don Mateo no regresó a su emplazamiento habitual. Extrañado, pregunté por él en el bar:

         – Pero ¿no t´as enterao? Don Mateo amaneció muerto hace tres días, el Día de la Virgen. Y desde entonces, andan en su casa, el alcalde, el secretario del ayuntamiento y la policía municipal.

 Incrédulo y con ganas de llorar, eché a correr para su casa. Cuando llegué, la puerta estaba abierta de par en par y custodiada por un policía que, como ya me conocía, me dejó pasar despacio y en silencio. En su biblioteca – despacho, estaban el alcalde y el secretario del ayuntamiento, anotando y clasificando libros en diferentes montones. Levantaron la cabeza por un instante para decirme que allí no tenía ya nada que hacer, y volvieron a su tarea. Pero me dio tiempo a comprobar que ya no quedaba ni un manuscrito o copia, habían desaparecido papeles, cajas, carpetas y, en suma, todo el archivo personal del fallecido.

Antes de salir, noté que olía a quemado y vi que salía humo desde la puerta entreabierta del patio trasero. Me asomé y vi a dos policías alrededor de una hoguera que alimentaban con los papeles y carpetas de don Mateo. Impulsivamente, me acerqué para intentar recuperar algo. El policía más próximo me agarró fuertemente del brazo y me levantó en vilo, regañándome porque me podía haber quemao, e informándome de que, por orden del alcalde, de allí no se podía sacar nada.

A mi me parecía que el oficio de escribiente era útil, beneficioso. Quería aprenderlo  bien, para poder trabajar como tal y parecerme un poquito a don Mateo. Acongojado le conté a mi madre lo sucedido. Ella, me miró con una sonrisa condescendiente y me dijo:

– Pero cariño no te extrañe, era de esperar, lo normal,… Aquí hay mucha gente que no podía consentir que cayeran en otras manos trozos de su vida que podrían ponerles en aprietos.

La miré muy callado, triste, como si me hubieran arrancado un trozo de inocencia y me escociera. Cuando regresamos a Madrid, supe que el puesto de escribiente de Las Torres no iba a tener sucesor, algo había cambiado para siempre, y ya no me iba a apetecer demasiado volver al pueblo, ni iba a considerar a sus paisanos con la ingenuidad de veraneos anteriores.

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Muy bueno, ¡enhorabuena!

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  2. Muchas gracias Iñaki

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  3. Muchas gracias, primero por leerme y, después, por tu opinión

    Le gusta a 1 persona

  4. Reblogueó esto en Corazones Idiotasy comentado:
    En la inocencia de unos ojos de niño
    se esconden los secretos de la tinta,
    que un escribiente guardó
    para que naciera en él vida.

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  5. Muchas gracias Iñaki, por tu comentario y, por supuesto, por rebloguear la entrada. La imagen de la tinta guardada para seguir dando vida, me parece de lo más atinada.
    Un abrazo

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