Conclusiones del II Encuentro “La Ciudad de los Niños”

 

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Hay alguien cerca de nosotros, con alas, con el alma
a punto de explotar,
que nos mira con ojos de incomprensión y nos grita:
– ¡Yo quiero aquí y ahora, no quiero ir de la mano,
quiero esconderme, quiero jugar y que nadie me ordene, quiero doblar
esquinas y desaparecer!

Hay alguien cerca de nosotros con alas,
y nosotros no lo vemos
y planificamos las ciudades fortificadas,
con guardas vigías,
ciudades planificadas en un crecimiento insostenible,
unidireccionales, sin posibilidades de rectificar.
Pensamos que la ciudad es necesaria, nos hará libres,
y lo que nos encontramos es una ciudad domesticadora
de nuestro tiempo
y de nuestro espacio.

Y nos tiran de la mano como queriendo ir y observar y
adivinar.
Y en nuestra memoria, recordamos los tiempos de antes
de ir de la mano.

¡Cuántas cosas había en aquella ciudad!
Su diversidad,
la participación en juegos de otros parques, de otros ríos,
de otros árboles.

Y entonces, se aproxima nuestra memoria
y vemos el paisaje,
la estatua, la esquina, el portal donde nos encontrábamos seguros,
felices, libres,
donde el coche era una anécdota.

Y otro tirón de la mano
y sentimos que no quiero un chalet,
ni un bloque de apartamentos,
que quiero una casa transparente.
Y seguimos el camino
y el avance de la información nos hace compartir experiencias desde
los más diversos
y lejanos puntos del planeta.

Pero ¡ay! nos copiamos,
nos homogeneizamos,
no respetamos la diversidad.
Pensamos: conocer y comunicarnos nos da fuerza
para cambiar,
mas nos radicalizamos en una postura que genera impotencia.
Debemos respetar la individualidad cultural fomentando
la interculturalidad
y lo que hacemos es reducirnos al diseño en la planificación
abandonando el urbanismo.

Y bajamos la mirada y hay un relámpago.
La naturaleza debe ser una constante, permanente infancia.
No estamos predestinados.
Huir de la ciudad sin memoria que nos desorienta,
que no tiene puntos de referencia
y que se planifica desde despachos sin tener en cuenta al
ciudadano.

Queremos una ciudad abierta que nunca se termine,
una ciudad para jugar.
Y en nuestro andar llega un momento en que nos paramos,
miramos nuestras manos
y vemos que allí ya no sujeto a nadie.

Alguien, quizás un mago,
tuvo una idea genial: los niños son ciudadanos necesarios
en la planificación de una ciudad,
y les reunió y les dejó ser ellos
y les preguntó
y les escuchó
y aquellos ojos viejos comenzaron a brillar
y supieron de otros paisajes olvidados.
Desde entonces,
empezamos a caminar hacia otra ciudad
donde doblar una esquina y desaparecer sea símbolo
de libertad,
de respeto, de imaginación, de creatividad, de amor,
y nos crezcan las orejas verdes.

 

(Miguel Muñoz López, 2002)

 

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