Otoño sentido (9)

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Ya no quiero más lamentos,
he aprendido a no importarme,
nada merecen las penas.

Y de nuevo, ahora,
que ya me creía fuerte,
para apaciguar tu llanto,
y por no imponerte el mío,
a aguantar dolor y vida.

Cuando, pretencioso todavía,
creí servirte de ayuda
y llegué a vencer miedos,
esos viejos conocidos.

Y a barrer aquel rincón
donde antes se escondían,
para alcanzar la calma,
para dominar la ira
y defender la alegría.

Pero ya he llegado tarde
al consuelo que te debo
y a los abrazos perdidos.
Cuando hablo, no  escuchas,
no me crees, porque de mí,
nada esperas. Y así
¿De qué nos servirá ahora?

Ante mi fuerza impotente
me ha inundado tu fatiga.

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