LÍDICE (3)

A partir de aquella tarde, Lídice buscaba mi aprobación cada tarde, después de construir cada día, un mundo nuevo sobre una cartulina. No era muy habladora, ni lo sería nunca. Su mirada hablaba por ella sin error ni mentira, junto con su necesidad de crear y su sonrisa. Tuve la certeza de que nunca había tenido una atención ni una complicidad tan intensa y durante tanto tiempo. Ella no la pedía nunca, pero ¡la agradecía tanto!

Por mi parte tenía que hacer esfuerzos para no mostrar en exceso mi entusiasmo, mientras alababa sus creaciones y le sugería ideas o visiones para animarla a seguir dibujando. Ella, se mostraba reacia a realizar los cambios y siempre prefería hacer nuevas creaciones antes de alterar lo ya realizado. Era incansable y mostraba una facilidad y habilidad asombrosa.

descargadibuimages (15)dibu

Su talento para el dibujo, la pintura o el collage con elementos naturales y de desecho, la llevaba a crear obras increíbles. Componía lugares imaginarios y escenas de una belleza y calidad impropia de una niña de su edad. Pronto tuvo un corro de chiquillos que la rodeaba en silencio para contemplar como salían de sus manos casas, árboles, gentes, calles, plazas y playas. Estábamos ante una superdotada, con un mundo interior tan rico, como auto-protegido del exterior y de la mayoría de la gente, de la que se aislaba intencionalmente.

descarga (3)dibu

Entre el equipo de educadores voluntarios que me tocó coordinar aquel y otros veranos, abundaba el entusiasmo y la entrega vocacional a nuestra tarea. Pero tampoco faltaban los que tenían el ímpetu juvenil y la prisa por demostrar su capacitación y conocimientos y que querían diagnosticar, considerando que, en cuanto lo hicieran, no era necesario buscar causas, explicaciones o formas de actuar. Bastaría con aplicar el tratamiento prescrito para el síndrome. Y, naturalmente, no tardó en aparecer el “Sr. Autista” y su primo el “Sr. Aspergen”  entre otros allegados.

Para mí, el camino era seguir descubriendo cuanto fuese posible, el no aceptar categorías, ni respuestas cerradas que explicaran y justificaran nuestra actuación. Al final, conseguimos que Lídice fuera solo Lídice. Teníamos que buscar en su biografía, su familia o su entorno, los mimbres con los que había trenzado su peculiar personalidad. Para ello, me comprometí a hacer un seguimiento cuando regresáramos a Madrid, pidiendo el apoyo y ayuda de quién quisiera acompañarme en esta tarea.

Pero aún nos quedaba una sorpresa desagradable, una preocupante regresión que alteró la penúltima noche de la colonia de vacaciones. Antes de la cena, reunimos a todos los niños para comentarles que, al día siguiente, íbamos a dedicarnos a recoger y a preparar maletas y mochilas. Y al otro, tendríamos que levantarnos muy temprano con todo preparado  para regresar a casa.

Hubo reacciones de todo tipo, unos contentos por la vuelta, otros, tristes, compungidos, porque se acababan las vacaciones, o porque nosotras nos habíamos hecho muy buenas amigas y ahora tenemos que separarnos

Al terminar de cenar, Lídice no estaba, había desaparecido sin que nadie la hubiera visto ni supiera dónde había ido.

La preocupación se hizo angustia cuando pasaban las horas, buscábamos por todas partes y nadie la encontraba. No faltó quien, en vez de ayudar, se apuntó al reproche como auto-justificación, con el famoso “ya os lo dije… Si le hubiésemos dado algo para dormir, ahora estaría en su cama…”   

Mi mirada debió de ser más dura de lo que pretendía y la “protestante” se calló de inmediato, mientras un silencio incómodo se extendió entre nosotros. La desesperación, la necesidad de tener que llamar a la policía para denunciar la desaparición y reconocer mi fracaso o incompetencia, que consideraba más propia y personal que del resto de educadores, era una losa de impotencia y presión constante. Paseaba arriba y abajo intentando pensar deprisa.

Avanzada la noche, decidí que no podía esperar más. El pueblo y la playa estaban a unos dos kilómetros de distancia. Pensar que, en la oscuridad, la niña hubiera intentado ir al pueblo o a la playa, la descartaba por considerarla casi imposible. Durante las dos semanas que llevábamos allí, el camino se hacía a diario, para el baño matinal o para el paseo de la tarde, siempre, a plena luz del día, caminando entre huertos y naranjos, por caminos sin señalización alguna, antes de callejear por el pueblo hasta desembocar en el paseo marítimo o, toalla al hombro, en la playa.

No se hubiera atrevido —volvía a pensar. Pero la idea de esta posibilidad no me abandonaba. De todos modos, tenía que acercarme al pueblo para denunciar la desaparición y participar en el operativo de búsqueda.

Cogí una linterna y me dispuse a bajar caminando, repitiendo nuestro itinerario habitual,  por si la encontraba a mitad de camino, desorientada y asustada. Con más temor que esperanza, iba alumbrando a los lados del camino y seguía llamándola con gritos apremiantes, como ruegos u oraciones, intercalados con la escucha atenta de los ruidos. Solo el canto de los grillos y el rumor entre las hojas de la brisa marina, rompían el enervante silencio.

En no más de un cuarto de hora, mitad corriendo, mitad andando, llegué al pueblo y antes de acercarme a la comisaría, llegué hasta la playa. Según me acercaba, el corazón me latía en la garganta con más fuerza, como si fuera a asfixiarme. Una silueta negra y pequeña se recortaba, sentada en el borde del halo de la luna sobre el agua, mirando al mar desde donde siempre se situaba ella para contemplarlo.

¡LÍDICE! — gritaba con alegría y alivio, mientras corría hacia ella. Imperturbable, mi niña seguía mirando el horizonte de plata y no volvió la cabeza.

Cuando llegué a su lado, vi que estaba llorando con todo su cuerpo, temblaba y se movía al compás de su respiración entrecortada. Nunca había visto a un niño llorar así. Tuve que esperar un buen rato, sentado a su lado y en silencio, según sus normas, sin tocarla, aunque estaba deseando abrazarla, sin decirle nada, aunque estaba deseando  preguntarle y que me explicara el motivo de su congoja. Solo tenía que permanecer a su lado y que ella lo supiera.

Poco a poco, el murmullo del mar fue meciendo y apagando el jipido de su llanto entrecortado. Intenté acercar mi mano para acariciar su rubia cabeza y se volvió a mirarme.

—¿Qué te pasa Lídice? ¿Porqué lloras así?  — Tardó en controlar la respiración para poder responderme:

— Nunca voy a poder volver a ver el mar. Ni a dormir en una habitación con ventanas, ni a jugar con amigas sin que nadie me pegue o me chille. Nunca, nunca, nunca…

Me quedé paralizado y mudo. Era incapaz de darle una respuesta que la consolase y, ahora, era yo el que estaba a punto de llorar. El mundo sórdido e inhóspito en el que había vivido y al que iba a volver, me enfurecía y me indignaba, a la vez que, con su reacción, y con una sola palabra —“nunca”—, se desvelaban los motivos y el origen de su carácter.

La levanté en brazos e inicié el camino de regreso. Ella se aferró a mi cuello, mientras volvía a llorar desconsoladamente y apoyando la cabeza en mi hombro.

— ¿Sabes?  le dije por fin—, eso que me has dicho es mentira. Lo que te pasa es que nunca habías estado aquí antes, pero eso no significa que no vayas a volver… Y quizá, el próximo verano  — Notaba como iba aflojándose la tensión de su cuerpo mientras me respondía:

— Sí, pero hasta que llegue el verano otra vez, queda mucho tiempo…

— Pasará pronto. Pero, además, te voy a contar un secreto. En Madrid, vamos a ir a verte muchas veces, Feli, Aurora, yo mismo, y puede que algún monitor más.

Había cesado el llanto: — Pero vosotros no sabéis dónde vivo.

— Pero nos vamos a enterar. Y, si no, me lo dices tú y ya está.

Vivo en el poblado de Entrevías, en una casa que hizo mi padre en el campo, pero no tengo calle, ni número.

— No pasa nada. Ya verás como te encontramos… Y ahora, vamos a seguir andando, que tienes que contarme como has sido tan lista y tan valiente para venir hasta la playa tú sola.

Al ponerla en el suelo, le di un beso en la mejilla. Esta vez, no hubo rechazo ni tensión. Se agarró a mi mano y siguió caminando a mi lado. Cuando divisamos las luces de la residencia, se abrazó a mis piernas. La volví a aupar para darle otro beso y ella se abrazó a mi durante unos largos segundos.

Mi primera experiencia como director de un grupo de colonias infantiles, había quedado marcada para siempre por aquella niña “especial”

Quedaba por delante un reto de largo recorrido y que iba a condicionar, notablemente y para bien, mis posteriores intervenciones, al adquirir la sensibilidad necesaria para que dejaran de ser “psico-sociales” y pasaran a convertirse en personales, únicas, individuales, y específicas para cada persona y circunstancia. Lamentablemente, ese nivel de implicación no iba a poder sostenerse durante mucho tiempo.

Continuará

images (18)dibu

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s