Migajas

Como cada mañana, don León, como le llama todo el mundo en el barrio, sale a la calle al amanecer. Cuando se es viejo, no se duerme demasiado… Y a las siete, ya está en el parque. A esas horas, apenas hay gente. Respira hondo y pausado, disfrutando de ese aire húmedo y fresco, como si intentara llevar parte a casa. Nunca ha fallado. Desde que murió Mila, su mujer ―y tras los meses de no querer ver a nadie, de incredulidad, encierro, dolor, aceptación, y llanto―, acude todos los días al parque en el que paseaban de novios. Siempre se sienta en este banco, en el mismo que se sentaban para cogerse las manos, juntar sus cabezas y hacerse carantoñas.

         Le recibe una algarabía de cantos, trinos y gorjeos en un coro de pájaros contentos, que van posándose a su alrededor. Él, les contesta:

         — Hola. Tranquilos, hay desayuno para todos.

         Es el único rato del día en el que se le ve sonreír y parece olvidarse de achaques por la forma de levantarse y sentarse, sin esfuerzo aparente. Saca de sus bolsillos dos o tres mendrugos de pan y los va troceando y esparciendo. A su alrededor, se forma un área casi tapizada de blanco y cuando termina, mira complacido al gran grupo de aves que acuden al festín.

         Hacia las diez de la mañana, cuando el parque empieza a llenarse de niños, voces y paseantes, don León regresa a casa. Deja todavía muchas migas por el suelo, pero no importa, sabe que cuando vuelva al día siguiente, no quedará ni una, ellos seguirán picoteando y llevando comida al nido hasta el anochecer. En el camino de vuelta, pasa por la tahona a recoger su barra de pan, esa de la que le sobra la mitad y llevará al parque al día siguiente. Si hubiera necesidad, pasará también por la tienda de ultramarinos del barrio, un pequeño comercio de los de toda la vida y en el que le conocen y le aconsejan qué llevar y qué no.

         La aparición y extensión de las comidas preparadas y envasadas en raciones individuales le han resultado un enorme invento; no le gusta ni se le da bien guisar y las latas han sido relegadas por patatas a la riojana, legumbres, guisos de carnes o pescado, ensaladas variadas, arroces preparados,… No son, ni se acercan, a los platos hechos en casa, pero sí son mucho mejores que los que él no sabe preparar y, cuando se conocen marcas y preparados concretos, resultan comestibles, y junto a una pieza de fruta, constituyen una cena o almuerzo aceptables.

         Cuando llega a casa, se sienta un ratito en la sala, frente al retrato de Mila, mira las noticias en la tele y las comenta ante su foto, antes de ir a la cocina con la compra en una mano y su mujer en la otra. Coloca el retrato en la pequeña mesa donde siempre comieron cuando estaban los dos solos, y mientras prepara el menú del día, sigue hablando con ella:

         — Cuanto te echo de menos Mila, cada vez más, a pesar de que hayan pasado ya seis años desde que te fuiste. El tiempo pasó muy deprisa. Trato de pensar que sigues aquí e intento hacer todo aquello que hacíamos juntos. Pero a veces, me siento un memo que quiere creer que nada cambia y siento el vacío apretándome la garganta.

         Se habían conocido de estudiantes y siguieron juntos hasta su muerte. En cuanto obtuvo la cátedra en el instituto del barrio, se acabaron las dudas de los padres de Mila y se casaron de inmediato. Pronto llegarían los hijos, Aurora, se marchó a trabajar a Australia, cuando la maldita crisis, le impidió ejercer en su país, tras haber terminado con brillantez Medicina. Y Martín, por motivos similares, se había establecido en Suecia.

         Sus hijos se fueron antes de la muerte de Mila. Ninguno pudo venir a despedir a su madre. Pero a ella, tampoco le sorprendió demasiado. Más propensa a poner los pies en el suelo, ya se lo había vaticinado, enseguida tuvo claro que la situación era irreversible. Los chicos se habían ido muy lejos para que pudieran volver a visitarles. Había que mentalizarse, estaban solos. Pero para soledad, la de León tras quedarse viudo.

       Tenía que hablar con ella o le resultaba insoportable estar en su casa, se le caía encima. Se había vuelto apático y descuidado. Tenía que comer, pero daba tanta pereza cocinar que casi nunca lo hacía. Mantener el aseo y la limpieza personal y de la casa era necesario, pero no había que “arreglarse” en exceso ¿para qué? Lo de planchar nunca se le había dado bien y no pasaba nada por llevar el pantalón con alguna arruga, después de tenderle bocabajo y con peso para que se estirara bien. Por ahora, se iba apañando para seguir viviendo sin necesitar a nadie. Además, seguía viviendo en su barrio, conoce y le conocen, podría ir con los ojos cerrados por cualquiera de sus calles.

       Últimamente, Don León no es muy hablador, pero sí amable y atento con todo el mundo. Es bien tratado cuando acude a sus tiendas “de siempre” en las que le saludan amablemente y, a veces, llegan a adivinar lo que quiere, antes de pedirlo.

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         En agosto, el calor agota y abrasa. Todos parecen cansados y él se mueve cauto, más despacio, la alianza de clima y edad le pesan cada vez más. El barrio se ha quedado desierto y hay que salir y regresar antes de que el sol se encarame a la espalda y obligue a permanecer en la sombra. La mayoría de las tiendas lucen el cartel Cerrado por vacaciones, incluida la panadería.

        A pesar de la canícula, Don León vuelve hoy al parque a su hora habitual. No puede dejar de ir a visitar y dar de comer a sus pequeños amigos, que ya le están esperando con la alegría de sus saltos y el concierto de sus cánticos. Cada vez son más atrevidos, alguno se acerca a comer de su mano, mientras otros se suben al banco para esperar su turno.

         Nota el calor y la fatiga, le da pereza y decide quedarse a la sombra un poco más. Además, hoy toca coger el pan en otra tahona. Ya ha localizado una abierta, algo más alejada que la habitual y que le obliga a cruzar todo el parque, salir por un lateral y volver a atravesarlo para regresar a casa. Se despereza pensando en evitar que el rigor del mediodía le pille en la calle, y se marcha.

      Con su barra de pan bajo el brazo, de vuelta a casa, y al pasar por su banco, encuentra a dos barrenderos que están recogiendo y tirando al carro de la basura las raciones de pan que él había dejado a los pájaros. No lo entiende ¿Qué problemas causan? ¿No pueden dejarlas allí?… No son contaminantes y si no se las llevan los pájaros, lo hará el viento o las deshará el agua.

         Se acerca a ellos y les pregunta.

         — ¡Oiga! ¿Por qué tiran el pan?

         El que está barriendo sigue con la cabeza baja, sin contestar ni mirarle. El otro, fumándose un cigarrillo y sentado en “su” banco, le mira dispuesto a explicárselo ­—o eso cree el anciano que va a hacer—. Ya se sabe que, los que más hablan, son los que menos trabajan y los que más razones de queja encuentran para justificarse. Acercándose a él pero como si se dirigiera a su compañero, le increpa a voces:

         — ¡Mira Mariano! Al fin conocemos al tonto de las miguitas que todos los días nos hace trabajar de más… Porqué es un viejo al que se le ha ido la cabeza. Si no, se iba usté a enterar… Iba a estar recogiendo sus migajas, una a una

         Don León nota como le suben a la cara el rubor y la indignación. Está a punto de contestarle, cuando se le adelanta aquella acémila bípeda que dejando el carro del que tira, le  grita:

         —Y márchate ya a tomar por culo… Que no vuelva a verte por aquí.

         Se marcha tembloroso, muy despacio, apoyándose más que nunca en su bastón y mirando a sus pies a cada paso. A algunos les pudiera parecer exagerado, pero yo diría, que hay lágrimas en sus ojos.

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         Asoma septiembre y todo parece volver a la rutina habitual. Mari José abre su panadería y, pasadas las doce, doña Valentina, la vecina de Don León acude a por el pan. La panadera recuerda entonces que el anciano no ha acudido hoy a por su barra y le pregunta:

         — Doña Valentina ¿qué sabe usted de Don León? Me extraña que no haya venido hoy, con lo puntual que es.

         La señora se lleva la mano a la boca y le responde:

         — Pues, sabe usted, Mari Jose, ahora que lo dice, hace muchos días que no le veo, y sí que es extraño.

         — Entonces, Valentina, vamos a hacer lo siguiente: Cuando vuelva a casa, se acerca a llamar a su puerta y si no le abre o no escucha su voz respondiendo, ruidos, ni nada de nada, pensamos qué hacer.

         Cuando los bomberos abren la puerta y la policía entra en el piso, descubren lo que ya todos se temían. En su cama “y sin signos externos de violencia apreciables a simple vista” Don León lleva muerto varios días. Nadie se alegra y a todos los que le conocieron les entristece la muerte de un hombre bueno, pero ninguno va a echarle de menos.

         Horas más tarde, con el vecindario asomado al portal y a la escalera, llegará la jueza, su secretario y el forense para proceder al levantamiento del cadáver. Al salir, ordenan al policía que guarda la entrada que no toque nada, que cierre y precinte la puerta y entregue después las llaves al juzgado.

         Con un a la orden y el saludo reglamentario, el policía cierra la puerta y, antes de echar la llave, sintiéndose conmovido y siendo hijo de padres ancianos a los que hace tiempo que no ve, vuelve a abrir con cuidado para hacer un registro cuidadoso. No tarda demasiado en abrir el primer cajón del escritorio y encontrar la documentación que estaba  buscando y sale, ahora sí, cerrando con llave.

         Antes de irse a casa, se encamina a los “Servicios Funerarios Municipales” y entrega el sobre que cogió de la habitación de Don León. Contiene una póliza al corriente de pago, de un seguro de decesos y el título de propiedad de un nicho en el “Cementerio Sur – San José”  que librará in extremis al anciano de ir a la fosa común por no haber nadie que reclame su cadáver.

         Nuestro agente de policía camina deprisa a casa, pensando en llamar a sus padres para anunciarles que, el próximo fin de semana libra e irá a visitarles. Pero piensa, también, en si habrá merecido la pena jugársela, si nadie irá a ver a aquel pobre viejo, ni pondrá una placa con su nombre o su fotografía para ser recordado, ni le llevarán una mísera flor.

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         Entre las hileras de losas de mármol con jarrones y ramos de flores, hay un nicho que, desde hace años, esta revocado en cemento, nada más, lleno de moho, de líquenes y de abandono, como un monumento a la soledad.

         Nadie ha ido ni ha preguntado nunca por él, nadie sabe quién es el inquilino que habita en el nicho 3F de la calle H. Pero cada mañana, los empleados y visitantes del cementerio contemplan, mientras se preguntan la causa o motivo de aquel misterio, por qué, cada mañana acuden miles de pájaros, precisa y solamente, a ese nicho, y como cantan ante él con un enorme e inusual griterío hasta que anochece. No falta quien afirma que, a veces, aquel coro suena como un grito estridente, como una llamada.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MAMEN AN dice:

    Sobrecogedora historia y tan real…

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  2. Muchas gracias Mamen. Lamentablemente, la situación se repite cada vez con más frecuencia en las grandes ciudades. Hay mucha gente sola en medio de multitudes.
    Un abrazo

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  3. MAMEN AN dice:

    Así es.. Abrazos d luz ❤

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  4. ¡Enternecedor, Miguel…! Vaya relato, para que tomemos nota…

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  5. Gracias Lucio. Cada vez hay más población envejecida y envejeciendo sola en las grandes ciudades, Cada vez más gente sola e inadvertida entre las masas.

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