Hay mejores lugares que el bar para hablar

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         El sol de julio me presionaba las sienes y el asfalto abrasaba cada paso.

Eran las cinco de la tarde. La comida y la reunión de trabajo se habían prolongado más de lo previsto, aunque no habíamos avanzado demasiado.

         Mi especial capacidad para no encajar en ninguna parte, impetuoso, sin control para permanecer callado y la forma de mostrar mis discrepancias efusivamente, eran ingredientes que dificultaban la pertenencia al grupo.

         Caminaba despacio, sin dejar de auto-reprocharme mi incontinencia verbal. Llevaba muchos años sin querer ser de otra manera, hasta que empecé a sentirme desplazado por colegas a las que admiraba y que me evitaban para salvar discusiones extenuantes. Estuve dispuesto a pagar el precio de mi rebeldía y disfrutar de mi soledad con el orgullo del que ha sido expulsado del rebaño.

         La aparición de Marta fue el revulsivo definitivo para empezar a cuestionarme. Ella me amaba y era capaz de aguantar mis arrebatos en silencio, con una flema y una sonrisa permanente; sabía esperar y con su enorme inteligencia, hablaba cuando era oportuno y me hacía pensar y replantearme las cosas.

         La adoraba desde el primer día y supe que ella iba a ser mi antídoto, el consuelo y el refugio de esa soledad que en los momentos difíciles, se vuelve indeseable. A mi mente analítica y rigurosa le resultaba admirable su capacidad para ver e interpretar de otra manera las cosas, buscar alternativas y huir de las quejas y los dramas baratos.

         Ella ya estaría en casa y yo, otro día más, iba malhumorado, cansado y sin ganas de hablar. Vi un bar abierto y entré como un autómata. La escasa iluminación del interior, en contraste con el fulgor de la calle, me cegó durante un rato.

         Me acerqué a la barra y pedí un café doble con hielo, en vaso largo, para beber en sorbos cortos y alargar el tiempo de sombra y frescor del local.

         Me sobresaltó una voz potente que parecía salir de la oscuridad.

         — ¡Niño, ponme otra!

         Mientras me adaptaba a la penumbra, empecé a distinguir a un tipo descomunal. Tendría casi dos metros de altura. La camisa abierta hasta el penúltimo botón y mostraba un collar de oro con una enorme cruz al pecho. Los brazos, tatuados sin compasión ni resquicio, anchos y muy musculados.

         Cuando logré ver con claridad, distinguí una cara mofletuda, de color congestión, con matices de morado y rojo-vino. Sus ojos miraban buscando a quien le devolviera la mirada. De inmediato volví la cabeza al otro lado, pero sabía que me había visto. No había más gente en el local y aquel mastodonte seguía con su mirada perdida e itinerante, del camarero a mí y viceversa.

         Hablaba deprisa, sin trastabillarse ni atropellar las palabras, claro y con una voz que retumbaba en todo el bar. El camarero permanecía impertérrito detrás de la barra, enjuagando vasos y copas como un autómata, sin levantar la vista de la pila, como si no escuchara ni viera otra cosa.

         — Con la mujer no se puede hablar. En cuanto llego a casa y antes de sentarme, ya te está soltando sus rollos, los cotilleos de la tele, de las vecinas,… Ni te pregunta cómo te ha ido el día, ni entiende nada de mis cosas… Cada vez nos entendemos menos y tengo menos ganas de ir a casa… Y en el trabajo, lo mismo, cargando y descargando camiones como un cabrón desde las cinco de la mañana y sin poder parar a charlar ni a echar un cigarro.

            — Así es que, en cuanto llego a casa, como y me bajo al bar para poder hablar un rato y pasar la tarde haciendo sueño entre copa y copa. Y a acostarse pronto, que mañana hay que madrugar.

         El camarero seguía sin dirigirle una mínima mirada. De vez en cuando, asentía maquinalmente con un gesto afirmativo de cabeza, sin interrumpir la tarea y mostrando que escuchaba y compartía lo que oía. A mí, me dio la sensación de que fregaba las mismas tazas, vasos y cubiertos una y otra vez.

         De pronto, el hombretón cogió su copa y se acodó junto a mí en la barra, sin quitarme la mirada de encima y con una sonrisa amplia y forzada.

         — ¿Qué le parece? — No sé o no puedo evitar mirarle y contestarle, pensando cómo salir del trance.

         — Pues sí, tiene usted razón —, le respondo conciliador y escueto mientras vuelvo a mirar mi vaso y dar un trago que me evite seguir hablando.

         — Ponle a este señor otro de lo que esté tomando —, le dice al camarero.

         — No, muchas gracias. Llevo prisa y no sé si voy a poder terminarme este.

           — ¿Es que va usté a despreciármelo?

           — ¡Ponle otro! — repitió más alto, mirándome con ira.

         Estaba a punto de levantarme del taburete, cuando noté que no iba a tener fuerzas para hacerlo y que aquella situación, solo podía empeorar. No insistí pues en la negativa y traté de hacer sitio a aquel segundo café a la espera de un resquicio que me permitiera tirarlo sin que lo notara e intentar marcharme.

         Pero el cargador, volvió a la carga.

        — Mire, yo no soy tonto ni dejo que me avasalle nadie y aunque no tengo estudios,…

        — Lo de los estudios es lo de menos, la vida enseña cosas que no…

        — ¡Cállate joder! — respondió el forzudo con el gesto cada vez más crispado.

       — ¡Estoy hablando yo! y no me gusta que me interrumpan, y menos, para llevarme la contraria.

         Se produjo un silencio tenso, como si pensara qué iba a hacer a continuación y yo, me sentía cada vez más confuso.

         La voz del barman se dejó oír entonces en un tono adulador, suave y mirando al energúmeno con una sonrisa:

         — Vamos Manolo, no sigas. No ves que es un pipiolo ignorante. Tú eres mucho hombre para mancharte las manos con ese.

            Cada vez más atónito, estaba a punto de saltar, aunque me moliera a golpes, cuando vi que se dirigía a la salida. Antes de abrir la puerta, se dio la vuelta de pronto, señalándome con el dedo:

         — Mira, gilipollas. Ahora vas a pagar tú lo tuyo y lo mío… Y no te doy dos hostias porque me lo ha pedido este, pero me voy con unas ganas…

         Esperé inmóvil unos minutos, pagué y me dirigí a la salida.

         El barman me llamó:

         — ¡Un momento, por favor! Quería pedirle disculpas por lo que he tenido que decir de usted al borracho de turno. Trataba de hacerle un favor, a usted, a mí y a mi bar. Como profesional, conozco el género y sé que adularles y darles la razón es la única forma de hacerles cambiar de opinión. Necesita engañarse para mostrar su desprecio a los demás, para disimular el que se tiene a sí mismo.

            Estuve a punto de darle las gracias, pero pude contenerme a tiempo. Levanté la mano sin decir una palabra y salí a la calle.

         Me marché a casa pensando en la llegada de aquel acémila a la suya e imaginando la triste vida de su mujer al recordar la afirmación de su marido: “Con la mujer no se puede hablar” e inconscientemente, iba acelerando el paso, mientras recordaba una conversación con Marta hacía ya algún tiempo:

         — ¿Sabes? —me decía— Cuando te conocí me pareciste brillante, apasionado, me fue fácil enamorarme de ti. Luego, fui descubriendo que habías creado una capa de inconsciente superioridad hacia los demás, como si todos tus pensamientos y opiniones estuvieran un escalón más arriba y te convirtieran en un pretencioso que cuando habla te hace un favor.

            Pensé que no era capaz de seguirte. No pretendías hacerme de menos, pero, aun sin querer, se te daba muy bien. Y empecé a odiar todo lo que  te rodeaba, lo que antes era motivo de amor o de admiración. Empezar a odiarte no fue más que la lógica consecuencia de la situación, hasta que me di cuenta: esa falsa superioridad, no era más que un patético intento de mantener tus logros profesionales y que, si te vieras desde fuera, no te ibas a gustar.

         Me sentí tan cazado, tan transparente y a la vez tan inconsciente de las consecuencias y el origen de mi actitud, que solo me quedaba pedirle ayuda para que me diera la mano desde su auténtica seguridad. Y la admiración cambió de bando y convirtió nuestra relación en otra que empezó a unirnos y compartir mejor nuestras vivencias por ambas partes.

                Llegué a casa con la euforia del descubrimiento. Abrí la puerta y abracé a Marta besándola y levantándola en volandas.

         — ¡Pero bueno! ¿Qué te pasa hoy? — me dijo con indisimulada alegría—

         — No me digas que, por fin, has tenido un buen día en el trabajo, todo ha salido bien y no has acabado agotado.

         Sonreí ante el poderoso y sencillo retrato de mis llegadas cotidianas a casa y le respondí:

         — ¿Sabes? Eso me pasa muchos días en mi trabajo, y más, cuando vuelvo con vosotros a casa. Pero soy tan estúpido, que no llego a valorar lo maravilloso de nuestra hermosa rutina, nuestros trabajos, los niños, nuestra casa,… En fin, que lamento ser un gilipollas.

         Marta me miraba halagada y sorprendida.

         — No sé dónde has tenido la revelación y se ha producido el milagro. Pero bienvenido sea. Tus quejas habituales son la única nube entre nosotros… ¿Y si estos fueran los mejores momentos de nuestra vida? ¿Volveremos a sufrir cuando veamos que no supimos apreciarlos?

            — Tienes toda la razón. Parece que hoy he aprendido algo importante. No tiene sentido quejarte ante quién se ve afectada por tu queja y no es quién ha de resolverla. Además, no ser capaces de disfrutar la vida por supeditarla a opciones de futuro, es tan infantil y estúpido como el niño mal criado que rompe todos sus juguetes porque quiere tener uno nuevo y llora después porque se ha quedado sin ninguno.

            — ¿Y cómo has llegado a esa conclusión? —me respondió Marta con una sonrisa que se me antojó traída desde su primera juventud.

         — Pues, ha sido una impagable lección impartida por un barman sabio por habituado a escuchar y un bruto ignorante acostumbrado a lo contrario.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Frida dice:

    A veces, los lugares más insospechados y a través de las personas más inesperadas es donde se producen las mayores revelaciones. Creo que pasamos, al igual que el protagonista, mucho tiempo absortos en pequeñeces, en quejarnos o no aprovechar el tiempo todo lo bien que deberíamos, cuando a veces los pequeños detalles de la cotidianidad son lo más enriquecedor que tenemos si sabemos verlo.

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    1. Así es Frida, Como dicen que dijo J. Lenon: “La vida es aquello que nos pasa mientras estamos haciendo planes”
      Muchas gracias por tu comentario

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  2. lizavidaamar dice:

    Hola, es un placer saludarle y leerle. Es genial, me ha enganchado, me gustó. Feliz inicio de año y un prospero 2019. Nos seguimos leyendo desde el corazón 💗Lizet💗

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  3. Eres un encanto Lizet. Muchas gracias por tu cariñoso comentario

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