PIM PUM PAM… Reblogueo en recuerdo de la querida Gloria Fuertes…

y desde la sintonía con esta bloguera y su LIBRO DE CARTAS NO ENTREGADAS”

SU ENTRADA:  https://librodecartasnoentregadas.wordpress.com/2017/12/22/pim-pum-pam/comment-page-1/#comment-7

Y MI COMENTARIO:

Encantado de haber descubierto tus cartas, hermosas… El título y el contenido de tu blog, me ha recordado un poema de una poeta amiga, injustamente, medio desconocida y con un corazón que no le cabía en el cuerpo y despistaba a la gente que no sabe mirar dentro de una mirada o de una sonrisa. Me refiero a la tristemente desaparecida Gloria Fuertes, de la que te adjunto el poema “Cartas” para que disfrutes de tu-su buena sintonía:

Carta

Queridos pobres:
Recibí todas vuestras cartas,
las que no me habéis escrito
llegaron,
por el aire que viene de las casas
baratas,
por el aire que viene de la aldea,
por el aire que viene de la fábrica,
por el aire que viene de la mina,
por el aire que viene de la barca,
elegidos ciudadanos sencillos, sé
todo lo que os pasa.
Los que tenéis oficios, los que pisáis
andamio,
los que con la herramienta os herís a
lo tonto,
los que andáis por el agua de
Valencia,
los que hacéis el arroz o los
garbanzos,
los que dormís de día y por la noche
en la barca a recogernos el pescado.
Recibí vuestras cartas labradores,
vendimiadores recibí vuestros
salmos
y pescadores también vuestras
noticias,
sé todo lo que hacéis y lo que os
pasa siento,
quedo enterada de que algunos
jornales han subido
y aún no os llega;
y os llega como sé el agua al cuello,
y la voz nunca os llega a no ser mía,
pero os llega el trabajo a la mañana
y la salud al cuerpo
y el hijo otra vez, enhorabuena.
Yo no puedo de lo que me decís
haceros nada.
Tan sólo recordaros ya que el
hombre de libros está en ello,
que os dibuja mis pobres, que os
entiende,
que se quiere ocupar de todo eso,
que me decís
/en vuestras cortas cartas.
y escribirán a los ministros.
Y nada más por hoy pobres amigos,
lo mejor de la vida sois, lo que la
alza. También entráis vosotros los que
vais a oficina,
los que vendéis verduras y los que
hacéis las casas,
los que guiáis los coches, los que
regáis con agua.
Pobres de mil oficios, no estáis
solos,
aquí un poeta os canta,
luego vendrán más.

(Gloria Fuertes, en: Leopoldo de Luis,
Poesía Social, Edic. Júcar, 1982)

Te sigo y reblogueo.
Un abrazo

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Libro de cartas no entregadas

ME GUSTA CUANDO EL SONIDO DE TU VOZ SE DESVANECE DE A POCO MIENTRAS ENTRO EN VIAJE.
A VECES TE LLEVO CONMIGO
A VECES TE DEJO EN CASA
TE DEJO DESCANSAR DE MI
MI FRIALDAD PUEDE QUE A VECES TE QUEME
MI AMOR PUEDE QUE A VECES TE AHOGUE
MI MIEDO PUEDE SER CONTAGIOSO
PERO TODA TOS DESPUES DE UNOS DIAS DE JUERGA, PASA.
Y VLVEMOS TODO A COMO ANTES.
SOLO UN POCO MAS GASTADOS.
SOLO UN POCO MAS ARREGLADOS
O DESARREGLADOS
LA VERDAD QUE TENGO QUE DECIRTE ES QUE NO PUEDO CURAR TUS DESGARROS.

YO AUN TENGO ALGUNOS QUE SANGRAN.
AUN QUE A VECES ME CONVENZAS DE LO CONTRARIO.
MI COCTEL DE DESTRUCCION PERFECTO A LARGO PLAZo
SE HUMEDESE SI LO HAGO ESPERAR.

EL CASO ES QUE MIENTRAS VIVO ESPERO QUE LA
VIDA VUELVA A MI
ESTOY ARREGLANDOME PARA ELLA
MAS QUE LO QUE ME ARREGLO PARA VOS.

ME…

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Reblogueando y comentando a José Lara Fuentes, en…

“Casita de Muñecas. A mi hija”   

José es mucho más feliz de lo que él mismo cree ahora. Disfruta de tener una preciosa hija que se ha convertido en el centro de su vida y de su atención, pero es muy difícil ser padre y a eso, nadie enseña, solo se aprende, después de haberlo sido y desde la convicción de que, siempre, es mejor intentarlo que abandonar; que, obligados a elegir, es mejor ser un padrazo excesivo, que no tener padre o que no ejerza.

Por todo ello, al leer su entrada, llena de amor e inquietud, volví a extenderme en mis comentarios y, de nuevo, comparto esta reflexión con todas y todos vosotros. Ahí va pues, su entrada y mi comentario.

Gracias José 

Casita de Muñecas . A mi hija.

Pierdo fuerzas, la fatiga me abraza                                          para Soirett D L S.
lo he intentado, él lo sabe,
pero siento que no he sido asertivo.

Cada consejo que nace de la fuente de mi alma, no llega a su destino,
se hace vulnerable, desnudando mi fragilidad, que no reíste mas caídas.
Mi alma está en llamas, me carcome la angustia,
porque no paran de caer letras muertas de mis labios
que divorciados están de tus oídos.
No hago más que preocuparme por ti,
pero el viento sopla en dirección a tu sombra
-te lleva arrastras, te aleja de mi margen-.

¡Qué tragedia la mía¡
-La angustia sobrepasa mi deseo-
El deseo de construirte la casita de muñecas que tanto soñé para ti,
desafortunadamente ,en mi interior, se desmorona.

En cada centímetro de madera
pululan polillas que carcomen
desesperadamente la resina de la casita de muñecas que soñaba para ti.

Se petrifica mi alma,
se desmorona la casita de madera y con ella
mi aliento.
Mis sueños,
ya no colorean tu mirada, creo equivocar la táctica
porque la casita de muñecas desaparece acrecentando mi desconsuelo,
ya no hace más que ahuyentarse,
irse lejos y cada día más lejos de mis márgenes.

Distraído parezco caminar por el mundo, ya no logro ni siquiera
visualizar los pilares que prolongan el tallado de tu corazón.

Pierdo fuerzas, voy a gatas, pero defraudarte nunca hija mía,
no hay nada que pueda vencerme, seguiré luchando,
aunque tenga sueño y las sabanas me arrastren al desconsuelo,
ni siquiera Pitágoras aunque se empeñe en ser intolerante
hará que pueda fallarte.

Confía en mí, hija mía,
como yo confió en el universo
que tiene nuestro calendario.
Hija mía, seguiré cada vez más cerca de ti,
vigilante de tu desarrollo de tu bienestar
impulsándote por siempre.

Hoy, la angustia pasa y estás líneas desahogan mi pena
y avivan mi creencia y fe en nosotros, en nuestra sangre
en nuestro porvenir que en equilibrio y armonía por destino conseguiremos.
El universo te bendiga Mi Mucuchita.

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JOSE LARA FUENTES

Comentario:

Bello y “humano” tu poema. Disfruta de tu hija, como corresponde, ocúpate de ella, pero no te preocupes, ríete con ella para tapar tus penas. Mira como crece, porque crecerá, contra todo deseo o impedimento.
Todo hijo, empieza a madurar oponiéndose a sus padres, su identidad le pertenece, aunque luego, e inevitablemente, lleva mucho más de ti, de lo que ahora cree o siente y que acaba reencontrando, cuando es dueña de lo que ella quiere de ti, que es mucho, te aseguro, porque el amor del bueno, siempre vuelve y porque ahora sabrá que siempre estarás presente.
Déjala venir, no te aceleres ni te impacientes, no la ahogues con tu amor omnipresente, y al tiempo, no te alejes, para que te sienta cerca, sin sentirse apabullada, que no la impidas volar por miedo a que se caiga. No tengas duda al respecto, se caerá y tendrá, la fuerza que le des, y tus manos, y otras manos, para levantarse una y otra vez, no trates de evitar lo inevitable, es agotador e inútil.
No sueñes por ella, deja que te cuente sus sueños para soñar con ella, los tuyos, son pasado.
No te angusties, tu angustia le hará huir mucho más que tus palabras y tus buenas intenciones.
Por mucho que tú quieras a tu hija, ella no es solo tuya; es hija de su tiempo y de su vida, más que de la tuya.
Disfruta cuando la veas fuerte e independiente, capaz de amar y ser amada “per se”
No aconsejes, ni hagas caso de consejos, ni siquiera, y viva la paradoja, de este.
¡Qué difícil es! ¿verdad?

Este comentario es fruto, lo lamento o quizás no, de mi formación y de mi deformación, profesional. Pero, sobre todo, por ser padre de dos hijos que ya volaron y porque, ahora, puedo aprender de ellos y nos queremos todos intensamente, tras haber cometido todos los errores.
…Si me permites, voy a rebloguear tu entrada y este comentario.
Un abrazo.

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Reblogueando y comentando “El pensadero de Yai”

La mente anónima y el pensadero de Yai

El blog “El pensadero de Yai, ha sido un encuentro reciente. Yai piensa bien, porque de bienpensados es la actitud de compartir con los demás y expresar ideas, historias y reflexiones, tal cual, con total transparencia e invitando, o provocando, a todas y a todos los interesados a debatir, compartir o rebatir. Y de esta manera, las ideas de todos crecen y se afianzan. 

Como ya hacía Sócrates cuando hablaba y enseñaba a sus seguidores, nunca se han de dar respuestas, sino hacer preguntas y preguntarse entre todos. Así, cada uno hallará su respuesta (mayéutica)

Me ha parecido interesante la entrada Mente anónima (que reblogueo a continuación) y además, me ha provocado comentarios, que también reproduzco, sobre un tema de debate, actual y eterno, aunque, en estos tiempos, con especial incidencia en las redes sociales. 

Me refiero al fondo y la forma, el escaparate y la trastienda, la imagen y los contenidos,… así como la necesaria cohabitación de unos y otros para ser y estar en el mundo, o si se prefiere, en los diferentes mundos que cada cual habita.

Dejo aquí la entrada de El pensadero de Yai y mis comentarios, por si alguien quiere continuar “echando leña al fuego”

Gracias Yai.

https://elpensaderodeyai.wordpress.com/2017/12/19/mente-anonima/

Comentarios:

Tocaste un tema que invita al debate. Haciendo de abogado del diablo, puede que el dilema no esté en lo bueno o lo malo del anonimato o de la publicidad, sino en la finalidad con la que escribes.
Es mi entorno quién sí conoce mi blog, porque mi ,única intención es compartir con los míos, y con quién le apetezca, lo que necesito y quiero “sacar fuera” no desdeño que sean muchos, pero no quiero empujar, ni mover los brazos en la cara de cuantos pasan por la calle para llamar su atención. Mi cupo de a los que, en mi día a día puedo prestar atención, está cubierto.
Si fuera sociólogo, me encantaría hacer un estudio por tramos de edad y respuestas en uno u otro sentido. Pero ya sabes, “las encuestas las carga el diablo” y dejan de tener valor sintomático o predictivo en cuanto se publican como “verdades”
También pudiera ser que, alguien que ha tenido una vida con mayor exposición pública de la deseada, cerrada esa etapa, pretenda no ser “reconocido” en otras facetas de su vida. Hay ambientes o entornos profesionales en los que es agobiante y hasta contraproducente, ser muy conocido y es mejor cambiar de aires abrirse a nuevas gentes y a nuevos paisajes.
Por cierto, me encantan las redes sociales y colecciono plumas estilográficas… Ambas de uso discrecional y cada una en su momento.
Espero que no te importe si reblogueo tu entrada.
Saludos

 

Pues sí que da para debate. De momento, estoy encantada escuchando sus experiencias y sus opiniones al respecto.
Supongo que es como dices, la finalidad del blog te decantará por una decisión u otra.
Es muy interesante también lo que dices de que según en qué ambientes profesionales te muevas, te podría beneficiar o perjudicar en cierta medida salir del anonimato.
Siempre que se haga un uso apropiado de ellas, las redes sociales tienen su utilidad, es innegable. 😉

Es todo un honor para mí que quieras rebloguear mi entrada, así que adelante. Muchas gracias por eso, y por aportar otro punto de vista. Se agradece. ☺

Te gusta a ti

Gracias a ti. La actitud abierta y la disposicion a escuchar a otros, serán siempre los mejores cimientos para establecer una comunicación válida y positiva en cualquier medio o soporte… Y ese, es tu caso

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INVITACIÓN PERSONAL

María escribe, pinta y dibuja con la sensibilidad y calidad de las personas que miran… y ven detrás de las miradas, de los sentimientos, de sus paisajes y de la delicadeza de los más pequeños detalles de la naturaleza y de su tierra.
Por ello, me atrevo a recomendar un agradable paseo por su nueva publicación, desde el convencimiento de que será un regalo para los sentidos de quién lo tenga en sus manos.
Gracias María

MARIA M.MIGUEZ

Hola a todos!! Aquí os dejo el enlace por si alguien está interesado en adquirir el poemario ilustrado A TRAZOS. En breve también lo podréis encontrar en la librería online de la editorial Piediciones y en librerías físicas bajo demanda (a nivel nacional).

Su puesta de largo será el día 15 de diciembre a la que por supuesto estáis todos invitados.

Solo me queda añadir…

INFINITAS GRACIAS!!!!!

https://www.amazon.es/dp/849476683X/ref=cm_sw_r_cp_awdb_t1_wW6iAbJ80HHVX

Ver la entrada original

De Prestado: “Abrazos de luz”

a través de ¿QUE SIGNIFICA ABRAZO DE LUZ?

¿Qué significa abrazos de luz? en aquevineadondevoy.wordpress.com

Quién iba a decirme que, desde este blog, recién descubierto, iba encontrarme esta definición – concepción de la luz en los abrazos; a mí, que llamé al mio pazlabrasdeluz, más de un año después, buscando luz en las palabras, lo mismo que él, o ella, en los abrazos.

Hay un lenguaje universal y compartido, una sintonía, que he advertido en otras ocasiones y que no deja de sorprenderme y admirarme cada vez que ocurre, porque hay coincidencias que son mucho más que eso: amar, vivir, amar la vida, iluminarla con la fuerza necesaria para sacarla de las estancias oscuras, abrazarnos y apoyarnos, solo decirnos: estoy aquí y me importas. Nada de lo humano me es ajeno. Encontrar sensibilidades comunes y próximas desde lugares tan lejanos geográficamente, es algo emocionante.

Y déjame que solo me quede con el enfoque “no esotérico” te repito, también vale. En mi visión, estoy más de acuerdo con Paul Eluard: “Hay otros mundos,… pero están en este” igual que otras dimensiones, otras muchas vidas y mucha luz. Y que conste, no me importa estar equivocado, siempre preferí la duda reflexiva de lo incierto, a las doctrinas que reparten verdades para todos o, peor aún, solo una verdad.

Gracias. Recibe un abrazo de luz

Ojos de mar Autora: Carmen Moya Romero

 

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Imagen: Juan Uceda Crespo

 

OJOS DE MAR

        El pueblo temblaba y se encogía con el resplandor y los truenos de aquella fuerte tormenta invernal. El mar rugía y levantaba altas olas, como lenguas gigantescas que parecían devorar la playa, los barcos, las redes y los demás aparejos de los pescadores que, desde los ventanales de la taberna, no podían apartar la vista del malecón.

        La mayoría de los vecinos del lugar vivían de lo que lograban arrancarle al mar y las caras de aquellos hombres recios, curtidos y conocedores como nadie de sus aguas, permanecían inmóviles, en silencio y con el rostro serio y preocupado.

        Más arriba, Beatriz también estaba asomada a la ventana contemplando el espectáculo y lamentando que el día no le dejara salir a jugar en el muelle o en la playa.

        Ella no dejaba de asomarse al mar cada día. La playa, el espigón y los pedregales eran sus lugares de juego favoritos, podía encontrar diferentes conchas y montar con ellas bellísimos adornos, hacer castillos o laberintos con la arena, correr con sus pies descalzos, saltar entre las rocas, coger cangrejos y pececillos o jugar con sus amigos sin descanso.

        Bea era rubia y siempre se peinaba con largas coletas. Tenía ojos de mar, grandes, vivos, profundos y de un azul turquesa deslumbrante, reflejo fiel del color de las aguas que tanto miraba. Pero en días como aquel, no quedaba más remedio que permanecer en casa, como toda la gente de aquel pequeño pueblo de pescadores había hecho hoy.

        Su madre, sentada junto a ella, la miraba llena de felicidad y orgullo, disfrutando de la belleza e inocencia de su niña, pero la tristeza volvía de nuevo a su cara junto a la aparición de otros recuerdos.

        Llevaba más de tres meses sin recibir noticias de su marido, obligado a abandonar la pesca y a marcharse al frente. La guerra y la escasez iban haciendo mella en la familia, pero ella intentaba no mostrar su tristeza delante de Beatriz que permanecía a la espera y con la esperanza de que cambiaran los tiempos.

        Por la noche, mientras la niña dormía, sacaba su secreto mejor guardado, envuelta en un retal blanco, aparecía una muñeca de cartón que hacía a su hija mientras dormía, con su vestidito azul cosido a mano con primor, sus ojos azules y sus coletas de lana amarilla. Aquella muñeca sería su regalo de Reyes.

        Aquel año las navidades estaban siendo muy tristes. Papá no estaba y su ausencia se hacía cada vez más notoria. Pero llegó el 6 de enero y mamá hizo que aquel día no perdiera su ilusión y su magia.

        Cuando Beatriz abrió los ojos y vio sentada frente a ella a aquella maravillosa muñeca, alta, bonita y rubia como ella, no podía parar de reír y saltar. No se lo podía creer… ¡Tenía una muñeca para ella sola!

      Corrió a abrazar a su madre que la contemplaba con una sonrisa, satisfecha por haber conseguido hacerla tan feliz en aquel instante. Ese día ya podían olvidarse de sus penurias y tristezas.

     El tiempo continuó su paso sin grandes novedades, pero Bea pasó el resto del invierno feliz con su nueva compañera de juegos. Hablaba con su muñeca y mantenía intacta su inocencia y su esperanza.

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Imagen: M. U. I.

      Cuando llegó el cálido final de la primavera, acompañado de una luz que invitaba a salir y disfrutar del mar tan añorado en aquel duro invierno, Beatriz, su madre y su muñeca, decidieron bajar a la playa para jugar, sentarse al sol y almorzar en la arena. Después del almuerzo, su madre se tumbó y cerró los ojos para descansar y recibir la caricia tibia del sol.

      La niña, incansable, cogió de la mano a su muñeca y se acercó al agua, decidida a darle su primer baño. Se sentó en la orilla, le quitó su vestido y sus zapatos, y se metió en el mar llena de felicidad, contándole a su amiga de cartón lo divertido que era saltar las olas. Estaban pasando un día maravilloso, hasta que, al girar la cabeza, la niña se dio cuenta de que su muñeca estaba desapareciendo, se había desvanecido mientras grumos informes de cartón flotaban a su alrededor.

       Con las manos vacías y los ojos llenos de sorpresa y de lágrimas, corrió en busca de su madre. No lograba entender lo que acababa de pasarle y necesitaba que le explicaran lo ocurrido.

        Mamá la miró con una gran sonrisa y le dijo:

       – Mira cariño, no pasa nada. A tú muñeca también le ha gustado el mar y se ha ido a jugar con los peces. No te preocupes,  yo te haré otra a ti.

       Beatriz besó a su madre y regresaron a casa.

    Después de muchos años, en el otoño de su vida, Bea guarda en un lugar especial el vestido de su primera muñeca.

_________________________________________

P.D. En recuerdo a una madre que se fue demasiado pronto y de un padre que nunca volvió

Carmen Moya Romero
(Colaboración)

Es mi dueña tu ausencia Autora: Manoli Jaenes Sánchez

 

Es mi dueña tu ausencia_Manuela Jaenes Sanchez
Imagen: M. U. I.

 

Es mi dueña tu ausencia,
la que hace mis días,
tristes y vacíos.

Añoro tu llamada
cotidiana y segura,
certeza de que estabas:
– Hola ¿qué tal?… buen día.

 Y con el recuerdo vivo,
recorro tus manos
cuando me acariciabas,
fuertes y suaves,
amorosas y arrugadas.

Limpia mi vida y mi mirada,
carentes de batallas y derrotas
en aquellos años felices
que hacían de cada día
un nuevo aprendizaje,
junto a ti sentada, y a la vez,
en la más bella ignorancia,
sin sobresaltos ni miedo,
disfrutando de una infancia
que a mi me resultaba
eterna y transparente,
vacía de tristezas
y de desesperanzas.

Tú siempre me decías:
“Aquí, las adversidades,
no tienen cabida”
mientras miraba tu cara
con su sonrisa enmarcada
por tu pelo de plata,
como puntas de olas,
o encaje de canas,
ondulado y rodeando
tu semblante sereno.

Tu voz, como un susurro,
murmullo de mar en calma
y arrullo de dulces cantos;
llené tu ausencia de ti
para seguir a tu lado.
Y, aún así,
tampoco puedo olvidar
que te has marchado

¡Me hizo tanto daño!
que tu ausencia es mi dolor
y tu recuerdo mi bálsamo.

Manoli Jaenes Sánchez
(Colaboración)

 

Jugando a vivir. Jugando a contar – Autora: María Luisa López Más

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            Las pequeñas juegan sin descanso en el salón. Mientras, desde el sofá, leo y levanto la vista de vez en cuando para observarlas. Siento que estamos viviendo uno de esos momentos mágicos en los que el mundo cabe entero en nuestra casa porque nada importa de lo que hay fuera.

            Desearía que el tiempo se parara y prolongara este instante: Mis hijas, sobre la alfombra, están rodeadas de un montón de juguetes que van intercambiando y mi deseo se evapora cuando, por el rabillo del ojo, veo levantarse a mi preciosa y vivaz Amanda acercándose a mí. Se sienta a mi lado y me dice:

            – Mamá, me aburro.                         

            La miro con sorpresa e incredulidad, sin entender su aburrimiento en este momento y en esta situación:

            – Pero hija… ¿cómo puedes aburrirte ahora?  Estás jugando con tus hermanas, tienes a tu disposición un montón de juguetes. – Me mira con sus ojitos negros y se encoge de hombros para decirme: No lo sé. –

            – Verás, si alguien se aburre es porque no tiene imaginación o no sabe utilizarla. Cuando era pequeña, en mi casa no había tantos juguetes y, además, estaba sola. Bueno, pues no recuerdo haberme aburrido nunca, siempre había algo con lo que jugar.

            – Mamá ¿Y a qué jugabais cuando eras pequeña?  

            – Como juguetes solo recuerdo una muñeca, una pelota y poco más. Pero ¿sabes lo que más me gustaba?… pues irme a jugar a la huerta, me pasaba allí tardes enteras; me habían hecho un columpio y también me dedicaba a recoger flores o a hacer “comiditas” con barro o represando y abriendo los surcos de riego… No puedes imaginarte como disfrutaba con todo aquello. 

            – Vale ¡Pero tú tenías la huerta!

            – Sin embargo, no tenía lo que tenéis vosotras ahora. A los abuelos les sacaron del cole porque era necesario trabajar y no podían disfrutar de tardes enteras para sus juegos. Y, a pesar de todo, jugaban cuanto podían. Yo también jugué mucho. No teníamos juguetes, pero si teníamos juegos, y eran muy diferentes a los vuestros.

            – La abuela me contaba que ella se divertía haciendo carreras con su borriquilla “Nana” a la que le hizo una cancioncilla en la que contaba “cómo corría y cómo brincaba”

            – Al abuelo le tocó sufrir y crecer de golpe con la llegada de la guerra en el año 1936   – ¿Veis lo afortunadas que sois?

            Amanda me mira fijamente, con incredulidad. Me hace evocar mi propia infancia, cuando vivía lo que mi abuelo contaba, su lucha y su sufrimiento que, para mí, era envidiable, como una aventura romántica y apasionante. Y pienso, mi niña, quizás, esté viviendo ahora lo que yo le digo, envidiando ir a la huerta a jugar y a trabajar.

            No había nacido aún, pero puedo aseguraros que viví intensamente cuanto me contaron, porque, cuando amas a alguien, puedes ver con sus ojos y revives con su emoción lo que él vivió.

            Suspiro, respiro… y ya puedo contaros que, en Arenales, también se vivió la mal llamada Guerra Civil, a mí me gusta más llamarla Incivil,  en la que todos vivían el temor y la injusticia, y a la que no se encontraba explicación posible que permitiera entender cómo, de la noche a la mañana, vecinos o familiares, se convertían en enemigos, por el solo hecho, de estar o vivir a uno u otro lado del frente.

            Veo a mis abuelos obligados a huir junto a otras muchas gentes del pueblo y a refugiarse en los pinares.

            Ahora soy capaz de entender con plenitud su dolor y su miedo cuando, escondido tras un árbol y con el fusil en la mano, evitaba tener que disparar a nadie, mientras a su alrededor, sonaban los proyectiles y él no perdía la esperanza de que terminase pronto aquella locura y poder regresar a su casa, a su vida…

            – Mamá ¿en qué piensas? ¡Cuéntame más cosas de cómo jugabas en la huerta!

            Salgo de mi ensoñación y veo a mi hija viviendo conmigo sus aventuras como hortelana…

            Nos vamos pasando el tiempo, la vida, unos a otros. En mi niña sigue algo del abuelo y cuando yo no esté, seguiré viviendo en mis hijas, en un continuo desde el pasado hacia el futuro.

            Hoy, ellas me han enseñado que nada es más divertido que vivir o imaginar las historias de aquellos a quién amas, que el primer y más importante entretenimiento desde que el hombre apareció sobre La Tierra, era reunirse alrededor del fuego para escucharse y aprender todos de todos. Fuimos luego mejorando los instrumentos y los aprendizajes, pero solo para intentar hacer más grande y más larga nuestra mayor aventura: vivir la vida.

            A su vez, puede que ellas hayan aprendido que no hacen falta demasiados juguetes para jugar a vivir, que es suficiente con imaginar, convivir y crear tu propio juego.

 

María Luisa López Más

Escenas del que fue mi pueblo

Autora: Carmen Moya Romero

 

Escenas del que fue mi pueblo_Carmen Moya Romero

 

  1. La merienda

            La tarde se nos vino encima, los juegos y las risas trajeron el olvido y se nos quemó el pan. La merienda de cada día: una rebanada tostada, con aceite y, si había, con azúcar, se había echado a perder.

            Mi madre, acostumbrada a capear los malos tiempos, aprovechó la ocasión para hacer del percance una fiesta. Aquella merienda iba a ser distinta, sin pan, pero con la alegría de lo nuevo. Nos fuimos colocando junto a ella, alrededor del fuego, y empezamos a contar historias mientras iba echando patatas sobre las brasas.

            Había que estar pendientes de los más pequeños para que se mantuvieran a una distancia prudencial de la lumbre, ahora convertida en objeto de juego. Los sucesos que narraban los mayores, resultaban muy lejanos, de otros tiempos, pero dignos de toda nuestra atención. Al fin y a la postre, todo parece repetirse aunque nos pille con otros zapatos.

            El ambiente iba caldeándose y los cuentos se adueñaban de la atención de niños y viejos. La tarde pasaba entre canciones y anécdotas mientras el fuego hacía su trabajo en aquella cocina que se nos hacía pequeña en ocasiones como esta. Un muchacho llamó la atención de todos:

            – ¡Qué se queman las patatas!

            Sin mediar palabra, cada uno despertó del sopor y regresó del mundo contado y escuchado, al aquí y ahora, cogieron su navajilla, esa herramienta tan nuestra, que sustituía al cubierto y permitía comer en corro, sin mesa ni impedimentos, y se dispusieron a empezar la merienda.

            – ¡Abuela! Trae la sal, el aceite, la fuente,…

            Y en un “pis pas”  cada cual tenía su patata en la mano. Nuestro oro líquido, el aceite de nuestras olivas, pasaba de mano en mano y, desde las patatas humeantes, nos chorreaba hasta el codo.

            El silencio se instaló entre nosotros, quietos y apretados, mientras soplábamos y yo  grababa la escena en mi retina como una foto fija.

            Los años han pasado y la imagen permanece, desde mis ojos de niña, imborrable en mi memoria. La escena no era la cocina, sino mi abuela y mi abuelo, que la llenaban de vida en aquellas tardes   largas y lejanas; y a su memoria, desde la ausencia, el tiempo y la distancia, quiero rendirles ahora este pequeño homenaje.

 

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  1. El carrito de los helados

            El calor apretaba hasta el ahogo en aquella tarde de verano. Después de la siesta, mi madre preparó una limonada que, con la que estaba cayendo, siempre era bien recibida. Pero hoy, era viernes, y los viernes, puntual, llegaba Camilo, el vendedor de helados, con su carrito chirriando y sus voces llamando a las parroquianas..

            No tardamos mucho en oírle y entrar en acción para conseguir saborear aquel trocito de cielo. Nunca volveré a disfrutar de aquel sabor de infancia, único de aquellos helados caseros. Aún cierro los ojos y me viene aquel regusto de nata, vainilla y leche dulce, incluso, puedo llegar a evocar y notar el frío de la crema pegándose en mi paladar:

           –   ¡Mamá, que ya viene Camilo! ¿Qué helado compramos?

          –   ¿Pero ya es viernes? ¡Madre mía como se me ha ido la semana!

          –    Pero mamá ¿Cómo se va a ir la semana?

          –   ¡Anda, abre! Y llama a tus hermanos.

          –    ¡Hola Camilo!

          –    Hola ¿De qué va a ser hoy tu cucurucho?

         –    Yo quiero el grande, el de dos bolas.

        –    Camilo, todos por igual. Ponle a cada uno un helado de una bola, de vainilla.

        –    ¡Ale! Pues ya están los chicos fresquitos y contentos.

        –    Sí, y yo, con tres duros menos.

        –   Anda mujer, que comer helados con tus hijos en una tarde de verano, no tiene precio.

              Camilo cerró la nevera. Se subió a su triciclo que, bajo el cajón, tenía dos ruedas delanteras y, bajo el sillín, solo una trasera. Era como si transportara un cofre mágico, pintado de color verde y con sus dos tapas cónicas que me parecían el copete de dos enormes cucuruchos escondidos en el cajón, que, además, imaginaba que debían de ser de fresa, porque estaban pintados de rosa y rematados con unas bolitas a modo de guindas.

            Se puso a pedalear, acompañado del sonido chirriante y quejumbroso de los ejes, piñones, cadena y pedales, que pedían aceite a gritos.

            Mientras se alejaba aquel hombre–mago del verano, yo paladeaba mi helado de vainilla sentada en la acera y veía como desaparecía Camilo por el final de la calle, a la vez que el helado se hacía agua en mi boca.

 

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3.- Jugar y trillar:

            En el verano, las calles se llenaban de carros y galeras por los que sobresalía la paja que, con la luz del amanecer, flotaba en briznas de oro entre el polvo y el aire mientras se dirigía a la era.

            La chiquillería les esperábamos expectantes, hasta que alguno de los trilladores nos decía:

            – ¿Queréis subir a la trilla?… Y aquello era una fiesta en la que dábamos vueltas en lo que, para nosotros, era un tiovivo en el que no teníamos que pagar y en el que las mulas daban vueltas arrastrando la tabla sobre la mies para que los afilados trozos de sílex, cortaran y separaran la paja del grano, hasta que se terminaba la faena y los chiquillos seguíamos corriendo sobre la parva y pisando la mies y el grano, hasta que nos echaban de all´çi con cajas destempladas.

            Un día llegó un abuelo y en vez de enfadarse, encontró una nueva manera de que nos fuéramos de la era y nos dijo a unos cuantos que si le ayudábamos “a entrar” la paja en la cámara, como se llamó siempre por aquí al sobrado o planta superior, en la que se situaba el pajar, el almacén de grano y las demás provisiones. Nos contó que su mujer tenía ya achaques y que él solo, no podía.

            ¡Dicho y hecho! Nos subimos al carro y al llegar, nos mandaron arriba. La mujer, se asomaba a la calle por una puerta lateral e iba dándole a su marido las espuertas y, una vez llenas, nos las pasaba a nosotros que íbamos echando la paja en un montón.

            – ¡Corre, corre, que nos pillan los abuelos! Nos decíamos unos a otros, y en un “pis – pas” quedó apilada toda la paja que trajimos en el carro. Cuando terminamos, el hombre sacó un cubo de agua del pozo para que nos laváramos, la paja nos picaba por todo el cuerpo y se nos había metido por los lugares más inverosímiles. La mujer sacó una sandía que tenía refrescando en un cubo y allí mismo, sentados en la acera nos la comimos y saltamos de alegría cuando nos dieron una propina que, aunque escueta, a nosotros nos sabía a jornal.

            Y nos fuimos tan contentos, corriendo y riendo por la calle mientras reíamos y quedábamos para ver si mañana se repetía nuestra suerte.

 

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Carmen Moya Romero