Viejos versos de cuando era joven (4)

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Romería en la Pradera de San Isidro – Francisco de Goya y Lucientes, 1778

Romería de San Isidro. Madrid – Recuerdos de niñez

Es 15 de mayo y la mañana ha empezado oliendo a chocolate con churros… Es el Día del Santo y con incontenible algarabía, nos vamos de romería.

Bajaremos hasta el Manzanares y, a la llegada al Puente de Segovia, torceremos a la derecha, para seguir bordeando el río, hasta divisar el cerro. Se nos va uniendo gente desde todas las calles y caminos, vienen en caballo, en carros, en autobuses y, la mayoría, como nosotros, andando.

Desde hace unos días, las casas próximas a la ermita nos lo venían anunciando con sus portales abiertos y los patios salpicados de colores y olores de claveles, geranios, verbenas, romero y hierbabuena.

Las casas se han vestido con sus camisas de gala, blancas de cal, inmaculadas. Y en la pechera, sobre la puerta de la principal, resaltan las puntillas y bordados de piedra del escudo blasonado y con encajes en puños y bajos, de ramos de flores depositados a ambos lados.

Al costado derecho, está la Fuente del Santo, – de la Sacramental que hay detrás, hoy no hablamos, que estamos de fiesta -.

Se narran milagros sin fin para los que bebieron su agua. Y la primera acción milagrosa, es lograr tragarla, con ese sabor salobre, áspero, de barro, cal y hierro oxidado, reseca de sal y de siglos esperando a los peregrinos, que solo podrán beber hoy, arrimándose al abrevadero, hacinados, mientras otros protestan y guardan la cola, porque todos quieren beber y llevarse agua del santo para sanar los posibles males que pudiera tenernos reservado el año. La impaciencia era parte de la tradición, hoy subsanada mediante la instalación de una barra de cinc alrededor del pilón y barmans llenando vasos de peregrinos.

Mi padre me enseñó que siempre ha de tomarse distancia de toda multitud, contemplar la escena y no “dejarse llevar por el rebaño”… Bastaba con esperar a la hora de la comida y la inevitable siesta, para que la fuente fuese vaciándose y aprovechar para llenar nuestros botijos, recién comprados a los muchos botijeros, en sus puestos o con sus burros, pues también era costumbre estrenar el botijo con agua del santo. Después, ya vendría el anís, para que se quedara listo de cara al verano.

Mientras, paseaban por toda la pradera las aguadoras. Hacia nosotros se encaminó una gitana vieja, con la saya hasta los pies, y sobre esta, un mandil bordado y un clavel en la cabeza. A su lado, una joven morena, con el pelo brillante y negro como el azabache,  

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Ojos de mar Autora: Carmen Moya Romero

 

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Imagen: Juan Uceda Crespo

 

OJOS DE MAR

        El pueblo temblaba y se encogía con el resplandor y los truenos de aquella fuerte tormenta invernal. El mar rugía y levantaba altas olas, como lenguas gigantescas que parecían devorar la playa, los barcos, las redes y los demás aparejos de los pescadores que, desde los ventanales de la taberna, no podían apartar la vista del malecón.

        La mayoría de los vecinos del lugar vivían de lo que lograban arrancarle al mar y las caras de aquellos hombres recios, curtidos y conocedores como nadie de sus aguas, permanecían inmóviles, en silencio y con el rostro serio y preocupado.

        Más arriba, Beatriz también estaba asomada a la ventana contemplando el espectáculo y lamentando que el día no le dejara salir a jugar en el muelle o en la playa.

        Ella no dejaba de asomarse al mar cada día. La playa, el espigón y los pedregales eran sus lugares de juego favoritos, podía encontrar diferentes conchas y montar con ellas bellísimos adornos, hacer castillos o laberintos con la arena, correr con sus pies descalzos, saltar entre las rocas, coger cangrejos y pececillos o jugar con sus amigos sin descanso.

        Bea era rubia y siempre se peinaba con largas coletas. Tenía ojos de mar, grandes, vivos, profundos y de un azul turquesa deslumbrante, reflejo fiel del color de las aguas que tanto miraba. Pero en días como aquel, no quedaba más remedio que permanecer en casa, como toda la gente de aquel pequeño pueblo de pescadores había hecho hoy.

        Su madre, sentada junto a ella, la miraba llena de felicidad y orgullo, disfrutando de la belleza e inocencia de su niña, pero la tristeza volvía de nuevo a su cara junto a la aparición de otros recuerdos.

        Llevaba más de tres meses sin recibir noticias de su marido, obligado a abandonar la pesca y a marcharse al frente. La guerra y la escasez iban haciendo mella en la familia, pero ella intentaba no mostrar su tristeza delante de Beatriz que permanecía a la espera y con la esperanza de que cambiaran los tiempos.

        Por la noche, mientras la niña dormía, sacaba su secreto mejor guardado, envuelta en un retal blanco, aparecía una muñeca de cartón que hacía a su hija mientras dormía, con su vestidito azul cosido a mano con primor, sus ojos azules y sus coletas de lana amarilla. Aquella muñeca sería su regalo de Reyes.

        Aquel año las navidades estaban siendo muy tristes. Papá no estaba y su ausencia se hacía cada vez más notoria. Pero llegó el 6 de enero y mamá hizo que aquel día no perdiera su ilusión y su magia.

        Cuando Beatriz abrió los ojos y vio sentada frente a ella a aquella maravillosa muñeca, alta, bonita y rubia como ella, no podía parar de reír y saltar. No se lo podía creer… ¡Tenía una muñeca para ella sola!

      Corrió a abrazar a su madre que la contemplaba con una sonrisa, satisfecha por haber conseguido hacerla tan feliz en aquel instante. Ese día ya podían olvidarse de sus penurias y tristezas.

     El tiempo continuó su paso sin grandes novedades, pero Bea pasó el resto del invierno feliz con su nueva compañera de juegos. Hablaba con su muñeca y mantenía intacta su inocencia y su esperanza.

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Imagen: M. U. I.

      Cuando llegó el cálido final de la primavera, acompañado de una luz que invitaba a salir y disfrutar del mar tan añorado en aquel duro invierno, Beatriz, su madre y su muñeca, decidieron bajar a la playa para jugar, sentarse al sol y almorzar en la arena. Después del almuerzo, su madre se tumbó y cerró los ojos para descansar y recibir la caricia tibia del sol.

      La niña, incansable, cogió de la mano a su muñeca y se acercó al agua, decidida a darle su primer baño. Se sentó en la orilla, le quitó su vestido y sus zapatos, y se metió en el mar llena de felicidad, contándole a su amiga de cartón lo divertido que era saltar las olas. Estaban pasando un día maravilloso, hasta que, al girar la cabeza, la niña se dio cuenta de que su muñeca estaba desapareciendo, se había desvanecido mientras grumos informes de cartón flotaban a su alrededor.

       Con las manos vacías y los ojos llenos de sorpresa y de lágrimas, corrió en busca de su madre. No lograba entender lo que acababa de pasarle y necesitaba que le explicaran lo ocurrido.

        Mamá la miró con una gran sonrisa y le dijo:

       – Mira cariño, no pasa nada. A tú muñeca también le ha gustado el mar y se ha ido a jugar con los peces. No te preocupes,  yo te haré otra a ti.

       Beatriz besó a su madre y regresaron a casa.

    Después de muchos años, en el otoño de su vida, Bea guarda en un lugar especial el vestido de su primera muñeca.

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P.D. En recuerdo a una madre que se fue demasiado pronto y de un padre que nunca volvió

Carmen Moya Romero
(Colaboración)

Otra fábula

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     En aquel parque zoológico, fingido paraíso por parcelas, urbanizado al supuesto gusto de cada inquilino, contemplaba un joven triste, inconforme y desalentado, al imponente león. Era un macho imponente, orgulloso y acompañado de sus hembras e insolente, con la vista perdida y sin dignarse a  fijarla en nadie.

      Al mirarle, aquel hombre pensaba: He perdido mi trabajo, mi mujer se ha marchado y aún no sé dónde voy a vivir, ni si podré comer mañana. Y mientras, este león no tiene problemas. Le han regalado una casa-cueva climatizada, con jardín exterior y rodeado de leonas, agua, calor y cobijo para el frío a su elección y enormes trozos de carne a su lado que no se digna a comer, como si estuviera saciado y no tuviese necesidades, todo regalado, todo solucionado sin esfuerzo, dudas, ni temores. Los leones de este zoo son mucho más afortunados que yo…

     Y fue entonces, cuando oyó a dos cuidadores comentar:

   – El león sigue muy mal y ha contagiado su enorme tristeza a las leonas. No se ha movido un milímetro en todo el día, no soportan que nadie les mire, no han tocado la comida, me tienen muy preocupado…

  – Es cierto, antes jugaban se apareaban y parecían estar a gusto. No entiendo que, después de llevar aquí varios años, se hayan venido abajo y se estén abandonando así ¿Qué les habrá pasado?

  – ¡No es posible! – exclamó de pronto nuestro desafortunado joven.

  – ¿Cómo pueden entristecerse con la vida regalada que llevan?

    De pronto, la leona más próxima al foso, levantó y le sostuvo la mirada, mientras un rugido hondo y penetrante, como llanto salía de sus fauces y retumbaba en el aire… Asustados, todos los visitantes retrocedieron, menos el hombre al que miraba que, sin poder apartar la vista del bello animal, permanecía inmóvil mientras que en aquella potente llamada, él era el único capaz de escuchar:

     – ¿De qué te quejas?… ¿No eres capaz de entender que esta carne no la hemos cazado, no es nuestra?… ¿Qué este ínfimo territorio está muy lejos de nuestra casa?… ¿Qué una vida sin esfuerzo para lograr tus deseos, no es vida, solo es una mentira…

     – ¿Por qué te quejas?…-, seguía repitiendo aquel lamento interminable.

      Caía la tarde y nuestro hombre se alejó sin dejar de escuchar como un eco aquella voz inconfundible y ahora lejana: ¿Por qué te quejas?… ¿Por qué te quejas?… ¿Por qué te quejas? ¿Por qué te…

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Pequeña fábula humana

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Imagen: pinterest.es

            Veréis, mis queridos animales:

            En el lindero del bosque, sentado en una roca, con mucho hambre y mucha sed, se encontraba un hombre. Pensaba y pensaba en adentrarse en la espesura, convencido de que allí, encontraría los alimentos y un manantial o un arroyo, con los que saciaría sus necesidades de agua y de comida.

            Había buscado y divisado en la lejanía aquel hermoso paraje y, tras largos días de caminata por terrenos yertos, polvorientos o pedregosos, había conseguido llegar al  lugar tanto tiempo deseado.

            Se quedó quieto, mirando y saboreando de antemano la llegada a su destino. Soñaba, pensando e imaginando la sombra y el frescor de los árboles, el aroma de las flores y los frutos, las cascadas y remansos en los arroyos. Temblaba de ilusión, de deseo y… ¿de miedo?

            Poco a poco, se adueño de él una sensación indescriptible, de temor y de angustia, que lo dejó paralizado. Y, mientras, seguía soñando con su bosque, lleno de bayas y frutos reparadores, con agua fresca y revitalizante. Era un mundo nuevo, del que solo le separaban unos pocos pasos, y que ahora, tan cerca,  ya no era capaz de dar.

            Se quedó sentado, agotado y tenso por haber sido tan intenso. Volvió la cabeza y vio el camino por el que había llegado, camino conocido, predecible, despejado,… sin sustos ni sorpresas, sin nuevos miedos, aunque tampoco hubiera demasiadas alegrías.

            Y al ver que hacia atrás sí podía andar, y que lo hacía sin dificultad, se dio la vuelta y siguió con hambre y con sed durante muchos años…

            – ¿Cómo es posible tanta ineptitud vital en los humanos? -, preguntaron los duendes y las hadas, el lobo, las ovejas, los pájaros que hablan, la hormiga y la cigarra, la zorra, el burro flautista, el sapo, la rana,… y otros tantos fabulosos animales que habitaban aquel bosque encantado.

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Imagen: diezminutos.es

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Ida y vuelta

Como cada lunes y miércoles laborables de los últimos veinte años, subió al tren Licinio Martín, ejecutivo dinámico y moderno, aunque empezaba a peinar canas. Iba aturdido y cansado, con ganas de llegar a casa, una vez concluida su jornada. Ocupó su asiento, mirando hacia la nada desde la ventana, y preguntándose: – ¿Cuándo empecé a usar este tren tan veloz y avanzado, en lugar de los que antes me traían y llevaban?

            ¿Dónde había estado él mientras le cambiaban la función, los decorados, el atrezo, los actores, los diálogos…? Los años y los días habían transcurrido en una secuencia sin lagunas ni interrupciones. Pero, ahora que se fijaba, ni el mundo, ni la gente, ni él mismo, eran como recordaba. Se sentía engañado ante este presente desconocido, que traicionaba todo lo que antiguamente fueron sus sueños de futuro, decepcionado ante la pérdida de la sonrisa, de los gestos y de las actitudes de la gente, de ver a tantas personas, todas solas, compartiendo el mismo espacio y esforzándose en no cruzarse una sola mirada.

            Se veía, indefenso e inadaptado. En su billete le habían cambiado el lugar de destino. Aquel era un viaje hacia la insatisfacción, estaba fuera de sí y fuera de sitio. Inútil intentar bajar o cambiar el rumbo, Un tren va sobre unos raíles de los que no puede salirse y en la dirección y sentido ya marcados, sin poderle preguntar o pedir permiso al usuario.

            Lo mejor sería reclinar su asiento, cerrar los ojos y serenarse. La cabeza le daba vueltas mientras el tren seguía, rítmico, inmutable, recto sobre aquella llanura  interminable y desolada. No tardo en dormirse, acunado por el suave traqueteo, imaginando o soñando un mundo o un tiempo diferentes a los que recorría inexorablemente encarrilado.

            Le despertaron de su atormentado sueño las voces bruscas de dos viejos que acababan de subir en una estación en medio de la llanura manchega. Se habían sentado al otro extremo del vagón. Hablaban entre ellos, pero como buenos y primigenios manchegos, deprisa, sin pausas y para todo el tren, quisieran o no oírles. Con el sopor, Licinio captaba fragmentos de su conversación que, junto a la vestimenta y modales de aquellos abuelos, se le antojaba de tiempos  remotos, de vagones con compartimentos y bancos de madera, con el “ustedes gustan” y la hogaza y el tomate compartidos:

            – Cuando empecé me parecía que no. Pero hostias, lo que tira la hoz…

            – Ahora el campo se trabaja solo a ratos. Salen tarde y vienen temprano…

            – ¿Sembrar con máquina y tractor?… Ahora siembran t’os… Había que saber antes, cuando era tirao…

            – ……..

            – Así es que m’a pasao de to, menos güeno…

            – T’os iban en borrico, y el pobre, andando. Esos eran los coches y los a’motos…

            – ¿Tiendas? La del Gorgorito na más… y de lo que no había, sin ello te quedabas.

            – Y cuando te decían: “A la tierra hay que ir, aunque sea con una pata sola”.

            – Y lavar… to en artesilla de madera…

        – Y cuando había que vivir to’a la semana de quintería… Una fanega de tierra tenía solo lo que era la casa y los corrales…

………

            Licinio levanta la cabeza para mirarles. En el mismo tren, en ese mismo momento, en aquellos ancianos con boina y añoranza de albarcas y de blusones grises, estaba viajando, también, el pasado de su pasado.

            Al mismo tiempo, a su lado, una joven permanece ajena a todo, con sus oídos tapados por unos enormes auriculares y abducida por la pantalla y el teclado de un ordenador portátil. Sus manos se deslizan por el ratón y las teclas a una velocidad envidiable para todos los no nacidos en la era post-digital. Por el hueco de los asientos, Licinio se asoma con cautela, tratando de leer en la pantalla lo que está escribiendo. Debe de ser una estudiante de psicología, y parece que está redactando algo sobre “comportamiento animal inducido”:

            Se afirma que “domar” y “dominar” son palabras con la misma raíz etimológica, y que un domador… – aquí ya no habla de “dominador” -, no puede ser un maltratador, sino alguien que premia, valora y da sentido al esfuerzo y el sufrimiento de los animales, para que vayan rechazando cada vez menos el sufrimiento; incluso, en ocasiones, podrían llegar a desearlo sabiendo que, al final, está la recompensa.

            Agarrado aún al respaldo de su vecina, tiene que hacer un gran esfuerzo por no saltar como una fiera a destrozar la pantalla del ordenador y la barbaridad que refleja en ella la viajera. Piensa en decirle que eso es también lo que hacen los domadores de hombres y preguntarle si piensa dedicarse, cuando termine sus estudios, a domar personas u otros animales…

            Viene a salvarle de su descarada intromisión la duda entre llamarle la atención a la intelectual en ciernes, o al muchachote del asiento del otro lado del pasillo, que libra una batalla de “beeps – beeps – booms” en la pantalla de su teléfono móvil. Se levanta dispuesto a chillarle a uno o a otra, cuando otro sonido le obliga a callarse:

            – “Ding – Dong” Próxima parada… Next station,…

            Aliviado, Licinio Martín se baja, por fin, de aquel tren de locos. Ya está en casa, piensa, después de recorrer el zoo, variopinto y confuso, que puede adquirir vida en una cabeza agotada que vuelve a su guarida.

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Jugando a vivir. Jugando a contar – Autora: María Luisa López Más

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            Las pequeñas juegan sin descanso en el salón. Mientras, desde el sofá, leo y levanto la vista de vez en cuando para observarlas. Siento que estamos viviendo uno de esos momentos mágicos en los que el mundo cabe entero en nuestra casa porque nada importa de lo que hay fuera.

            Desearía que el tiempo se parara y prolongara este instante: Mis hijas, sobre la alfombra, están rodeadas de un montón de juguetes que van intercambiando y mi deseo se evapora cuando, por el rabillo del ojo, veo levantarse a mi preciosa y vivaz Amanda acercándose a mí. Se sienta a mi lado y me dice:

            – Mamá, me aburro.                         

            La miro con sorpresa e incredulidad, sin entender su aburrimiento en este momento y en esta situación:

            – Pero hija… ¿cómo puedes aburrirte ahora?  Estás jugando con tus hermanas, tienes a tu disposición un montón de juguetes. – Me mira con sus ojitos negros y se encoge de hombros para decirme: No lo sé. –

            – Verás, si alguien se aburre es porque no tiene imaginación o no sabe utilizarla. Cuando era pequeña, en mi casa no había tantos juguetes y, además, estaba sola. Bueno, pues no recuerdo haberme aburrido nunca, siempre había algo con lo que jugar.

            – Mamá ¿Y a qué jugabais cuando eras pequeña?  

            – Como juguetes solo recuerdo una muñeca, una pelota y poco más. Pero ¿sabes lo que más me gustaba?… pues irme a jugar a la huerta, me pasaba allí tardes enteras; me habían hecho un columpio y también me dedicaba a recoger flores o a hacer “comiditas” con barro o represando y abriendo los surcos de riego… No puedes imaginarte como disfrutaba con todo aquello. 

            – Vale ¡Pero tú tenías la huerta!

            – Sin embargo, no tenía lo que tenéis vosotras ahora. A los abuelos les sacaron del cole porque era necesario trabajar y no podían disfrutar de tardes enteras para sus juegos. Y, a pesar de todo, jugaban cuanto podían. Yo también jugué mucho. No teníamos juguetes, pero si teníamos juegos, y eran muy diferentes a los vuestros.

            – La abuela me contaba que ella se divertía haciendo carreras con su borriquilla “Nana” a la que le hizo una cancioncilla en la que contaba “cómo corría y cómo brincaba”

            – Al abuelo le tocó sufrir y crecer de golpe con la llegada de la guerra en el año 1936   – ¿Veis lo afortunadas que sois?

            Amanda me mira fijamente, con incredulidad. Me hace evocar mi propia infancia, cuando vivía lo que mi abuelo contaba, su lucha y su sufrimiento que, para mí, era envidiable, como una aventura romántica y apasionante. Y pienso, mi niña, quizás, esté viviendo ahora lo que yo le digo, envidiando ir a la huerta a jugar y a trabajar.

            No había nacido aún, pero puedo aseguraros que viví intensamente cuanto me contaron, porque, cuando amas a alguien, puedes ver con sus ojos y revives con su emoción lo que él vivió.

            Suspiro, respiro… y ya puedo contaros que, en Arenales, también se vivió la mal llamada Guerra Civil, a mí me gusta más llamarla Incivil,  en la que todos vivían el temor y la injusticia, y a la que no se encontraba explicación posible que permitiera entender cómo, de la noche a la mañana, vecinos o familiares, se convertían en enemigos, por el solo hecho, de estar o vivir a uno u otro lado del frente.

            Veo a mis abuelos obligados a huir junto a otras muchas gentes del pueblo y a refugiarse en los pinares.

            Ahora soy capaz de entender con plenitud su dolor y su miedo cuando, escondido tras un árbol y con el fusil en la mano, evitaba tener que disparar a nadie, mientras a su alrededor, sonaban los proyectiles y él no perdía la esperanza de que terminase pronto aquella locura y poder regresar a su casa, a su vida…

            – Mamá ¿en qué piensas? ¡Cuéntame más cosas de cómo jugabas en la huerta!

            Salgo de mi ensoñación y veo a mi hija viviendo conmigo sus aventuras como hortelana…

            Nos vamos pasando el tiempo, la vida, unos a otros. En mi niña sigue algo del abuelo y cuando yo no esté, seguiré viviendo en mis hijas, en un continuo desde el pasado hacia el futuro.

            Hoy, ellas me han enseñado que nada es más divertido que vivir o imaginar las historias de aquellos a quién amas, que el primer y más importante entretenimiento desde que el hombre apareció sobre La Tierra, era reunirse alrededor del fuego para escucharse y aprender todos de todos. Fuimos luego mejorando los instrumentos y los aprendizajes, pero solo para intentar hacer más grande y más larga nuestra mayor aventura: vivir la vida.

            A su vez, puede que ellas hayan aprendido que no hacen falta demasiados juguetes para jugar a vivir, que es suficiente con imaginar, convivir y crear tu propio juego.

 

María Luisa López Más

Personas muy ocupadas

Para las personas muy ocupadas es esencial ir anotando todo lo que tienen que hacer cada día. Nada puede olvidarse, todo es importante. Y así, mientras lo están anotando, no están haciéndolo. Por fin, se ponen manos a la obra y, de pronto, ya en plena tarea, reciben una llamada o recuerdan algo nuevo relacionado con lo que estaban trabajando y, claro, tienen que parar para volver a anotarla… Así, cada día van teniendo más cosas que hacer y menos tiempo para hacerlas.

Estar muy ocupados les hace sentirse muy importantes, parece que da prestigio, pero se construyen una vorágine infernal de la que cada vez es más difícil salir, – salvo si dejas de ser una persona muy ocupada -, lo que para algunos, es dejar de ser ellos mismos.

Los listados de asuntos pendientes van creciendo, no puede parar, “no tiene tiempo” y por eso, no hace ni termina casi nada. Anotar implica mucho menos tiempo y menos trabajo que hacer lo que se ha anotado. Y, además, la nota es el justificante y la prueba documental de su ineficacia:

– ¿Tú crees que es posible? – te dice mostrándote sus listados y agendas – ¿Que voy a poder hacer todo esto hoy…?

Y se siente orgulloso de tener tanto que hacer y de no poder hacerlo. Su agenda, en el móvil o en papel, es su compañera inseparable, sin ella está perdido, desnudo, impotente…

Así llegó Roberto, mi antiguo vecino, a convertirse en ejecutivo de una gran multinacional, en una persona mucho más ocupada que antes y con cuenta de gastos y de representación, porque lo más importante era ahora “representar” y encontrar a becarios o meritorios para que hicieran su trabajo. Y ahí, Robert estaba en su salsa.

De su mujer, de su hija, de sus amigos, de sus lecturas, placeres, lecturas, aficiones… jamás le oí ni una palabra. Lo importante no eran todas estas cosas, el importante era él, “Robert el triunfador”, un perfecto gilipollas.

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Cuento… y corto:

 

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Después de escuchar las grabaciones, leer los documentos y verificar las pruebas, decidimos constituir nuestro grupo de participación ciudadana. Los próceres, banqueros, empresarios y gobernantes, protagonistas de las acciones denunciadas, nos denominaron “grupo terrorista” y “productores de alarma social” e, inmediatamente, fuimos suprimidos, eliminados y amordazados. Ellos, volvieron a ganar las elecciones.
(2012)

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¿Aniquilo a Aquilino?… ¿Le domamos?… ¿Le dormimos?

 

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Como cada día, la mirada rubia de la chica de Winston, le contemplaba detrás del cristal de la marquesina. Cambiaba de sitio y le sorprendía que estuviera mirándole siempre y desde todas las posiciones.

En el cristal de enfrente, el camello de la competencia le invitaba a participar en aventuras tropicales en bosques, selvas y cascadas de una feracidad que solo podía existir en los montajes publicitarios o en los reportajes de la National Geographic.

Y a las cinco y cinco, imperturbable entre aquel cotidiano cruce de imágenes, con la mirada al frente y aturdido por el ruido continuo y apresurado de coches amontonados en desbandada, Aquilino Manso esperaba el autobús de regreso a casa mientras la marquesina se iba llenando de gente. Acababa de llegar aquel grupo de adolescentes que salían del instituto y cruzaban la calle con una parsimonia exasperante y retadora, entre los chirridos de frenos y los improperios de los conductores, ante los que trataban de mostrar su control con juvenil fanfarronería, con absoluto desprecio a los colores del semáforo y a cualquier consejo o reprobación de algún bienintencionado transeúnte. A continuación, y para demostrar que eran los dueños de la parada, metían sus mochilas delante de las narices del resto de la gente y ocupaban la primera línea bajándose de la acera y apoyando los talones en el bordillo.

En cuanto los vio acercarse, Aquilino dio un paso atrás, sabía que podría ser peligroso pretender subir al autobús antes que ellos. Cada vez que algún incauto, intencionadamente o no, se veía envuelto en aquella operación de abordaje, salía trastabillado, desplazado hacia atrás en el momento justo de iniciar la subida, o recibía un mochilazo en plena cara cuando se acercaba a la puerta, sin que aquellos aguerridos muchachotes se pararan a pensar que estaban junto a otras personas ni les importase lo más mínimo los empellones causados, por lo que no cabía esperar que se volvieran para expresar una mínima disculpa, ni se paraban a mirar a quién arrollaban a su paso.

Aquilino acababa de subir a la plataforma de acceso, cuando una señora, entrada en años y en carnes, le apretó contra la barra central, y con una energía y fortaleza envidiables, avanzó por el pasillo con el mismo estilo de un jugador de rugby cuando intenta abrirse paso entre cuantos adversarios le salen al paso. Todos los asientos estaban ocupados, pero ella se acercaba a alguno, y tanta vitalidad, desaparecía súbitamente. Entre resuellos y espasmos de fingida y exagerada fatiga, contraía la boca y la cara en una mueca estudiada, mientras colocaba su mano, como si no encontrase donde agarrarse, entre la nuca del señor que iba sentado y el respaldo del asiento. La pobre víctima, quedaba aplastada contra la ventanilla, a la vez que se le clavaba el bolso en el riñón derecho.

Agobiado ante aquella súbita e inesperada presión, aturdido por la falta de espacio y hasta mareado al tener que respirar un aire que de pronto escaseaba y se enrarecía cada vez más, entre sudores y aromas como el del perfume barato que portaba nuestra dama. El pobre hombre, se levantó de su asiento y con un hilillo de voz dijo:

     – Siéntese, señora.

Por arte de encantamiento, los suspiros y la fatiga, desaparecieron tan instantáneamente como empezaron. Con una sonrisa desmesurada y una voz de falsete, tan mentirosa como todos sus gestos y poses, aquella “señora” se apresuraba a contestarle:

     – ¡Ayyy….! ¡Muchas Graciasss!… ¡Muy amable!… a la vez que desparramaba su generoso trasero en aquel sitial tan duramente conquistado y el “amable” caballero lograba alejarse hasta la puerta de salida.

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Aquilino no podía entender que extraña conexión mental le había llevado hoy, en este preciso instante, después de la cena y desde el confort y laxitud de su cómodo sillón, a evocar de una manera tan nítida, una escena tan cotidiana que podría haber ocurrido aquella misma tarde, el mes pasado, o el año pasado. Todos los días laborables cogía el mismo autobús para ir y volver del trabajo, siempre viajaban los mismos viajeros y se producían escenas similares. Aquello era tan absurdo como intentar dilapidar el tiempo y la memoria tratando de recordar, con todo detalle, el felpudo de la puerta, los desperfectos de las escaleras y de todas las puertas de los vecinos, o las matrículas de todos los vehículos con los que se había cruzado durante aquel día.

Con el sopor progresivo que iban produciendo aquellas vacías divagaciones, comenzaron a sucederse otros recuerdos igual de insignificantes. Le llegaban tediosamente plácidos, sin la sensación de hastío y vacuidad de noches anteriores. Era la serenidad de quien ha renunciado al inútil remordimiento por no poder vivir otras vidas.

En su extraño duermevela se percibe como un hombre bien adaptado, pacífico, bondadoso, bien considerado por sus compañeros, familiares, vecinos y amigos, una vez superadas, según su opinión, las luchas, las angustias y las ansiedades del inconformismo bajo el que se disfraza la inmadurez.

Sin salto ni interrupción, sin saber desde cuando, Aquilino advierte que se ha quedado dormido. Se ve o se imagina a sí mismo con la cara aplastada contra la orejera del sillón, las gafas ladeadas y la boca ridículamente abierta.

Y el pensamiento sigue su curso imperturbable. No puede distinguir sueño de vigilia. El agotamiento, la copa, el Orfidal, todo lo recuerda placenteramente, en un sopor que le invita a no hacer esfuerzo, a no despertar, a seguir dormido sin perder la consciencia…

Quizá fue la conciencia la que se durmió primero, ante el enorme vacío, de una monotonía tan intensa, que no puede recordar ni el más mínimo episodio diferente en todo el día, ni ayer, ni…

Se deja llevar, no quiere seguir especulando, no merece la pena luchar contra lo inevitable, con lo que ya ha sido. Ya hace tiempo que aprendió a conformarse y a no complicarse la vida, a no sucumbir a las aspiraciones o ansiedades desmedidas, a no crearse enemigos ni esperar demasiado de los amigos, a no apostar por nada ni por nadie. No se puede perder mucho si aprendemos a jugarnos poco y a no desear ganar demasiado. Él es un hombre tranquilo, estabilizado y bien adaptado.

¿Porqué surge ahora esta lucha, esta inquietud?… Sabe que está soñando, pero con la clarividencia de los sueños vívidos, le llegaban olores, sabores,… o esa sensación de caída al vacío que, con frecuencia, nos hace despertar bruscamente, saltando sobre la cama. Pero hoy no se despierta, se deja llevar por aquella corriente empeñado en mantener la indolencia, en protegerse de la lucha inútil y esperar a que llegue la calma, el sosiego, la paz que solo da la nada.

Una arcada auténtica e imprevista remueve a Aquilino y de pronto, el asco se hace extensivo a toda su vida, llena de desengaño y decepción. Después de una juventud ya superada y de una madurez trabajosamente alcanzada, con olvido y con el dominio impostado de depresiones e insatisfacciones, parecen volver ahora juntas cuando ya las creía definitivamente controladas.

Culpa al sueño de su debilidad e indolencia, de esa clara incapacidad para seguir adelante. Siente el engaño de tantas renuncias disfrazadas de conquistas y advierte que, en esta noche extraña, la clarividencia es mayor que en muchos años de vigilia. El hastío es inconmensurable.

Cada vez aumentan más sus dudas sobre si está vivo o soñando que está muriéndose, decide coger la pistola que está bajo el cojín del sillón…

¡Que absurdo! ¡Ya está bien!… Esto es solo un sueño. Yo no tengo ni he tenido jamás una pistola… Pero siente el frío del metal, el peso en la mano y la presión de sus dedos apretando firmemente la culata. Y la inquietud se va transformando en una angustia imparable y voraz.

 Estoy soñando, estoy fuera de la realidad… que siga el sueño su curso. Después del frío del cañón la cabeza le arde en un remolino de sensaciones y deseos encontrados, incluso, cree oír un estallido dentro, parece que va terminando la angustiosa pugna entre liberación y huída. Vuelve a repetirse: ¡Es un sueño, solo un sueño!  Y se nota a sí mismo flotando.

La paz más profunda se apodera de él mientras sigue su vuelo y se ve muerto en el sillón, desmadejado, sin sangre ni violencia. La tensión y la lucha, en sus músculos y en su mente, parecen haber desaparecido para no volver, queda la tranquilidad más gozosa y deslumbrante que solo interrumpe una pequeña duda: Tendré que despertar y quizás, desaparezca esta hermosa sensación que ahora me parece eterna… Sería una lástima ¡Esto es tan perfecto! Y piensa que no va a intentar despertarse, es mejor dejarse llevar y gozar de la ausencia de deseos o pretensiones.

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La puerta de la pecera permanece entreabierta desde hace varios días, el sillón, girado ligeramente entre el ala de la mesa y los cajones del archivador. A las once horas y treinta y siete minutos, según señala el reloj digital a la entrada de la planta, el Sr. Repullo, Jefe de Recursos Humanos, se dirige a su despacho situado al fondo del largo pasillo con suelo de linóleo imitación madera. Las luces de los tubos del techo iluminan los carteles turísticos, dos entre puerta y puerta, dispuestos con perfecta regularidad en la pared frente a los cubículos o peceras como suelen llamarlas sus usuarios.

Entre la vista nocturna de la bahía de Palma de Mallorca y las bailarinas de Picasso, hay tres metros de sombra. Curioso y extrañado el Sr. Repullo se asoma, abre la puerta y se vuelve hacia Bonilla que regresa del lavabo.

          – ¿Sabe Vd. algo del Sr. Manso?… ¿Ha llamado?

         – No, no señor, no sé nada.

         – ¡Qué raro! Lleva casi veinte años en la casa y nunca ha faltado. Incluso ha justificado siempre el más mínimo retraso… Y, ahora, lleva tres días sin aparecer y sin decirnos nada.

       – Pues sí que es extraño -, concede Bonilla, a la vez abre la puerta y pasa a su pecera para no seguir hablando con el cabrón de Repullo. Cierra de nuevo y, mientras se sienta, con una voz áspera y apagada, casi inaudible para él mismo, dice:

     – Paso de Manso y de ti ¡Gilipollas!
(1997)
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Micros (II)

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M. U. I.

6.

He disfrutado de subir y contemplar con perspectiva, desde lo alto de las montañas, del agua en cascada, de las paredes de hielo. Pero los abismos más grandes a los que me asomé, han sido los de tiempo. Están hechos de distancias insalvables.

7.

Ya sé que te miento, pero diré en mi descargo, que yo también me he mentido:

            – Cuando te decía “te quiero” estaba diciendo: “quiéreme”
            – Cuando creía estar contigo, estaba mirándome el ombligo.
            – Cuando decía escucharte, quería ser escuchado,
           – ayudar, que me ayudaras…  Y así sucesivamente.

…pero yo no lo sabía

8. TEN CUIDADO:

He visto a muchos caritas en casas de caridad que dicen luchar contra la pobreza, pero luchan contra los pobres y esperan mantener su status y que sobreviva la necesidad de la caridad, para sentirse bien.

9.

Por los signos de los signos, Amén…, digo ¡amen! Amen su creatividad y su actividad “creaciente” su crear, hacer, crecer de cada día, dénosle hoy.

 

10. ADVERTENCIA SEMÁNTICA:

Se tendrá especial cuidado con la utilización vital de las palabras terminadas en …ismo, pues, muchas de ellas, encierran un grave peligro. Haga usted mismo la lista, verá que es numerosísima, que si juda-ismo, que si fasc-ismo, que si catolic-ismo, liberal-ismo, social-ismo. En suma, que son muchos, muchísimos, los sufijos “-ismo” que tienen un mismo fin: Evitar que seas tú mismo.

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